jueves, 5 de mayo de 2011

JULIUS CUMPLE 40 AÑOS (Escribe Mirko Lauer, para el Diario LA REPÚBLICA)


http://www.larepublica.pe/05-05-2011/un-mundo-para-julius-cumple-40

Cuarenta años después, Un mundo para Julius sigue siendo un tomo de lectura muy fresca, aunque le sigan sobrando páginas. La estupenda novela lanzó una carrera de éxitos personales, pero luego Alfredo Bryce Echenique nunca escribió nada mejor. En verdad no necesitó hacerlo: el emblemático mundo del primer personaje en cierto modo aparece en todas sus novelas.

La obra creó la ilusión de que revelaba interioridades de la oligarquía peruana, con el niño rico Julius como un tour conductor perspicaz y amable. De paso reintrodujo y legitimó en la narrativa el humor, perdido desde el primer tercio del siglo XX. Sobre el abismo social, Julius precede al hilarante Pantaleón de Mario Vargas Llosa (1973).
Aparte de ganar lectores en todo el mundo, en 40 años la novela ha inspirado a un par de generaciones de jóvenes escritores decididos a explotar, y de paso destripar, el opulento mundo de sus padres. La intimidad de los poderosos irónicamente expuesta ante la mirada de los lectores, en lo que apareció como un ejercicio progresista.
Julius y el lenguaje bromista se han multiplicado. La novela La sociedad de los limeños muertos, de Manuel Delgado, o los cuentos de Peces de colores, de Ismael Barrios, ambos del año pasado, son buenos ejemplos recientes de la corriente. Algunas novelas de Jaime Bayly son la versión carnívora de estos ejercicios de literal parricidio literario.
¿Todavía se puede conocer la vida diaria de la oligarquía a través de Un mundo para Julius? La versión de Bryce, a tres años del golpe de Juan Velasco Alvarado, quizás ya estaba algo fechada. Algunos de los nombres y los usos todavía están allí, pero la precisión sociológica, si algo vale, ya no parece estar toda allí.
Pero la novela de Bryce también puede ser vista como parte de la larga tradición de visiones narrativas sobre la infancia. Aquí los buenos nombres abundan, desde el niño Ernesto de José María Arguedas hasta el joven Claudio de Edgardo Rivera Martínez, pasando por la Ximena de Laura Riesco. Todas a su manera agudas celebraciones de la ternura.
Julio Ortega ve en Un mundo para Julius una novela de la educación sentimental. Pero la sensación es que fue recibida en 1971 más bien como un texto de revelación social, y en esa medida una forma amable, de salón, digamos, del pulseo entre las clases. La verdad es que siempre mereció una lectura más profunda que eso.
En lo social, el mundo de Julius es un ciclo cerrado. Se sostiene en la imaginación quizás porque aún no han aparecido las novelas del dinero emergente. Pero en lo literario la novela merece ser leída y releída por su núcleo de precisión frente a los sentimientos. Junto con los cuentos de Luis Loayza, la mejor lección proustiana de nuestras letras.

miércoles, 4 de mayo de 2011

MAHLER VIVE (Diario EL PAÍS, España)


http://www.elpais.com/articulo/portada/Mahler/vive/elpepuculbab/20110430elpbabpor_3/Tes

El de las ideologías medio fanatizadas, la revolución industrial, la incipiente luz eléctrica, los tranvías, la claque en el gallinero, los nubarrones nacionalistas que desquebrajaron imperios y dinastías como la austrohúngara no fue el tiempo en que podía entenderse en toda su dimensión a Gustav Mahler. La época en que Freud sentaba las bases del psicoanálisis en las tardes frías de su diván mientras Stefan Zweig se bebía la vida en los cafés de Viena sin que se le pasara por la cabeza el suicidio y Klimt anunciaba la secesión, no eligió como opción preferida de banda sonora sus sinfonías. Más bien se decantó por los títulos que el músico programaba como director en la Ópera de Viena y que no eran creaciones suyas.

El tiempo de Mahler tiene más que ver con el pánico al Apocalipsis climático y la esperanza en la ecología, con el desafío natural a la ley de Dios por la grandeza de los hombres, la posmodernidad imbricada sutilmente en una sofisticación más alejada de la austeridad de lo moderno, con la flexibilidad del ciberespacio, la multiculturalidad apátrida -él lo fue tres veces-, la libertad y el terreno para ciertas pasiones desatadas, el frío, la soledad, la intemperie del alma sin certezas, con necesidad de consuelos espirituales de fondo.

El tiempo de Mahler es más este que el siglo anterior, donde fue admirado por los rupturistas y un público fiel mayoritariamente compuesto por judíos, pero no se alcanzó con plenitud a adivinar su trascendencia, su profunda verdad. Hoy, cuando se van a cumplir 100 años de su muerte -el 18 de mayo de 1911 en Viena-, la música de Mahler está más viva y vigente que nunca.
Hace poco desbancó a Beethoven como el músico más interpretado en los auditorios. No hay director serio dedicado al repertorio sinfónico que no pase el examen de sus contraposiciones armónicas, de sus paseos por el cielo y el abismo, de su universo sonoro, sutil y lleno de matices. Todo eso y más ha conducido al crítico británico Norman Lebrecht a escribir un vibrante y brillante ensayo sobre el músico: ¿Por qué Mahler?
Pues porque turba a estadistas, gobernantes y poetas con su verdad alejada de los eufemismos, porque ha cambiado la vida de mucha gente, porque es irónico en su sensibilidad y su juego de sonoridades, porque describe el desorden del mundo, porque ha influido de manera absoluta y directa en todo el concepto contemporáneo de espectacularidad y ha abierto caminos en el jazz, el rock y las bandas sonoras -del John Williams de La guerra de las galaxias a los juegos sinfónicos de Pink Floyd y los brillantes experimentos de Uri Caine-, porque en su música se puede leer a Freud -que lo trató en vida-, a Nietzsche, a Schopenhauer, trazar paralelismos con las estelas de los narradores más revolucionarios de su época y escrutar la teoría de la relatividad, porque es subversivo y esperanzador, corpóreo, epidérmico y trascendental en un mismo compás...
"Mi tiempo llegará", solía clamar cuando se sentía despreciado por críticos y directores de orquesta. Su tiempo era el futuro. Fue visto y anunciado por los radicales, a los que apoyó sin dudarlo. Arnold Schoenberg, precursor de la rompedora Escuela de Viena, decía que se aprendía más de música observando a Mahler vestirse que acudiendo a clase en cualquier conservatorio.
Elegante y magnético, nervioso y entregado, Mahler no necesitaba mucho tiempo para engalanarse. Adornaba con discreción su metro sesenta de estatura, pero cuando entraba en un café a tomarse una cerveza por la noche -uno de sus placeres-, las cabezas se tornaban. Y en las tertulias sorprendía su tono de voz: barítono cuando estaba relajado y tenor si se encontraba inquieto.
Llamaba la atención y a la vez era un misterio. ¿Era Mahler bueno?, se pregunta el autor en el libro. "Un santo", dijo Schoenberg. "Un genio y un demonio", le calificaba el director Bruno Walter. "Encontrar al verdadero Mahler es una batalla expedicionaria a través de sus contradicciones", cree Lebrecht.
¿Estaba loco? Era una pregunta muy frecuente. A menudo se lo podía encontrar uno hablando y gesticulando solo por la calle. Muchas veces se mostraba irascible y sus estados de ánimo oscilaban entre la euforia y la depresión. Freud lo llegó a tratar en una sola sesión de cuatro horas y lo consideró "un hombre genial" de quien le fascinaba, dijo, "el misterioso edificio de su personalidad". Pero amaba la vida y cuando se sentía realmente hundido, encontraba esperanza en la mera melancolía. "La tristeza es mi único consuelo", llegó a escribir. Lo demostró de manera explícita y grandiosa en su Segunda y Tercera sinfonías, en el Adagietto de la Quinta y sobre todo en la Novena y la inacabada Décima, escritas con anotaciones de desesperación vital y amorosa al margen por una profunda crisis en su relación con su esposa, Alma. Aun así, pese a su intensidad y junto a las demás, Toscanini las consideraba tediosas.
En todas ellas está Mahler, como en sus cantatas, su música de cámara o sus ciclos de canciones, desde las de los niños muertos a la de la Tierra. Ese ser desarraigado, el nómada interior y quien desde niño tuvo que enfrentarse tantas veces a la muerte y a su indiferencia, se consideraba tres veces apátrida: "Como bohemio en Austria, como austriaco entre los alemanes y como judío en todo el mundo", decía. "Anticipa los principios de la multiculturalidad. Observa su entorno como un judío en los márgenes de un imperio católico en decadencia y anticipa su desintegración", comenta Lebrecht.
Nació el 7 de julio de 1860 en Kalischt, aunque ese mismo año sus padres se trasladan a Iglau, hoy Jihlava, perteneciente a Bohemia. Hijo de unos taberneros, pasó la infancia traumatizado por la muerte de muchos de sus hermanos. Es un tema presente en su Primera sinfonía, 'Titán', en la que incorpora una marcha fúnebre irónica por medio de la que trata de expresar lo que siente al ver salir hacia el cementerio los cadáveres de los niños ante la indiferencia de los borrachos.
Pero su hábitat vital más intenso será Viena. Allí se convirtió en una celebridad. Allí estudió y sufrió el desprecio por su condición de judío -se sintió sucio y asqueado de sí mismo al verse obligado a convertirse al catolicismo para prosperar en su carrera- y la admiración del público por su obsesión perfeccionista como director de orquesta, una manera de trabajar que marcó época por el rigor y la entrega sin tapujos al arte.
En la Viena de la década de los setenta, adoptó como padrino a Anton Bruckner, a quien pasaba por alto sus comentarios antisemitas por el gusto de disfrutarle como mentor. En aquellos tiempos, la actitud contra los judíos era tan natural como inconscientemente poco amenazante. Así que Mahler llegó a idolatrar a Wagner al tiempo que se hacía vegetariano. Se obsesiona con el ejercicio físico y en el poco tiempo libre que le resta se dedica a componer encerrado en una cabaña junto a un lago o en sus casas de campo, a menudo acompañado de las mujeres que más amó: primero la violinista Natalie Bauer-Lechner y después Alma Maria Schindler, con quien se casó en 1902 y mantuvo una relación que ha inspirado novelas, películas y tratados amorosos.
Entre la pasión desatada -"cuando te acercas a él, te quemas", confesaba Alma en sus diarios-, la traición -le engañó con el arquitecto y diseñador prusiano Walter Gropius, entre otros, con quien acabaría casándose-, la muerte de una hija y los problemas de salud, Gustav y Alma han pasado a la historia como dos protagonistas amantes a quien su experiencia nutrió y devastó a partes iguales. Tanto que cambió la historia de la música. Ella fue musa e inspiración para crear una Décima sinfonía que se construye sobre una disonancia de nueve notas, no regida por ninguna ley armónica anterior. Schoenberg y Alban Berg lo incorporan a su ideario de catarsis como una religión.
Su huella como director de orquesta es fundamental. Crea escuela allá donde va: en Leipzig -como segundo de Arthur Nikisch-, en Hamburgo, en Budapest y en Nueva York, donde dirigió en el Metropolitan, adonde llegó como un profeta -eso sí, muy bien pagado, "cinco veces más que en Viena", especifica Lebrecht- y acabó realmente enfermo por los disgustos que mermaban su libertad creativa. Pero sobre todo, su carrera como director despunta en la capital del imperio. No así cuando dirige sus propias obras, que son contestadas, controvertidas, despreciadas aunque aclamadas por minorías que luego serán crecientes. "Mahler, en esa doble vertiente, define el papel del director como un recompositor. Por eso es posible entender la enorme diferencia que existe entre las versiones de Abbado o Dudamel, por ejemplo", dice Lebrecht. Tanta también que un Adagietto de la Quinta puede durar entre 7 y 14 minutos, dependiendo de quien coja la batuta.
Son los directores, una vez muerto, quienes le encumbran a su dimensión crucial en la historia de todas las artes. Le cuesta ser reconocido y lo logrará en vida, pero no con la trascendencia que lo es hoy. Su legado crece a partir de la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo gracias a Bruno Walter, Leonard Bernstein, Bernard Haitink y después Claudio Abbado, Pierre Boulez, Simon Rattle o Ricardo Chailly, entre otros. Hoy, la prueba Mahler es el certificado por el cual debe pasar cualquier gran orquesta o director. El examen final, un digno termómetro de la más pura sensibilidad del público contemporáneo.
La forma sinfónica acaba y empieza de nuevo en él. "Muere como forma clásica en los inicios de su Primera sinfonía. Era un outsider y un subversivo. A los 27 años ya plantea que pueden tener más de cuatro movimientos y comenzar sin un tema definido. Le dijo a Sibelius: "La sinfonía es como el mundo. Debe abarcarlo todo", cuenta el crítico británico. Justo como trataban de hacer en ese mismo tiempo Marcel Proust, Thomas Mann, Tolstói o Joyce con la novela.
Como todos ellos, fue difícil entenderlo en su tiempo y este, en vida, fue relativamente corto. Apenas cumplió 51 años. Su enfermedad coronaria, una endocarditis irreversible, se manifestó en Estados Unidos. La misma Alma culpó a las tensiones que sufrió en la Filarmónica de Nueva York. "En Viena era todo poderoso, allí tenía a 10 señoras diciéndole lo que tenía que hacer".
El mal era intratable. Quiso morir en Viena. Alma permaneció a su lado, lo mismo que por los jardines del sanatorio le aguardaban Alban Berg, Schoenberg -"¿qué será de él si yo me muero? No tendrá a nadie", le confesó preocupado a su esposa en los últimos días-, también Gustav Klimt, Arthur Schnitzler...
Inmerso en su agonía, Alma le escuchó decir: "Mozart". Había dejado instrucciones de que en su lápida del cementerio de Grinzing solo se leyera: Mahler. "El que venga a verme sabrá quien fui. El resto no necesita enterarse".

¿Por qué Mahler? Cómo un hombre y diez sinfonías cambiaron el mundo. Norman Lebrecht. Traducción de Barbara Ellen Zitman Ross. Alianza Música. Madrid, 2011. 400 páginas. 24 euros. Festival Internacional de Mahler en Leipzig (Alemania). Del 17 al 29 de mayo. Grandes orquestas del mundo interpretarán todas las sinfonías del músico.

martes, 3 de mayo de 2011

FALTA ESTADO, PERO SOBRE TODO MERCADO (Por Gonzalo Prialé, Diario CORREO)


http://diariocorreo.pe/columna/6624/falta-estado-pero-sobre-todo-falta-mercado/

Lima - En el velasquismo se crearon numerosas empresas estatales que causaron grandes pérdidas por subsidios indiscriminados, controles de precios, corrupción y mala gestión, contribuyendo a generar un cuantioso déficit fiscal, tapado posteriormente con un endeudamiento público inmenso que las siguientes generaciones seguirán pagando. Recordando este desastre, es natural que el sector privado exprese su rechazo a programas de gobierno estatistas como el de Gana Perú.

Los defensores del estatismo dicen que la causa de esta enorme desconfianza del empresariado privado en el Estado peruano como empresario son puros prejuicios ideológicos. Agregan que en otros países, como Chile o Colombia, existen empresas estatales supuestamente exitosas que incluso invierten en el exterior. Bien por ellos. Pero eso no justifica volver a hacer aquí experimentos que fracasaron rotundamente hace unas décadas, cuyo daño perdura.
El rechazo del sector privado al estatismo en el Perú no es ideológico, pues responde a la evidencia del desastre generado por diversas empresas estatales. Basta constatar, por ejemplo, el estado calamitoso de los puertos peruanos a cargo de la estatal Enapu, que coloca al Perú en la posición 113 de 139 países en calidad de infraestructura portuaria al 2010.
Los estatistas justifican la intervención estatal porque el sector privado no invierte allí donde alguna actividad no es rentable, y eso debe suplirlo el Estado. El problema de fondo es que si por la pobreza y el aislamiento una actividad en algún lugar del país no es rentable para los privados, tampoco lo será para el Estado. Para enfrentar esta situación no es necesario que el Estado arme un sinnúmero de empresas estatales para trabajar a pérdida, pues bastaría que asigne los subsidios necesarios y que los concurse, donde sea posible, de manera que aquel privado dispuesto a brindar el servicio al público con la mayor calidad al menor precio, se haga cargo. Se llaman asociaciones público-privadas y está demostrado que funcionan.
En esos lugares pobres y excluidos, donde está concentrada la desigualdad, no es sólo que falta Estado, lo que falta sobre todo es mercado. Se necesita conectar al mercado a los peruanos excluidos, empoderándolos, brindándoles títulos de propiedad saneados y desarrollando infraestructura y servicios básicos en las regiones, para generarles oportunidades de emprender actividades productivas que les permitan salir de la pobreza por su propio esfuerzo.
Antes que patear el tablero cambiando la Constitución para cambiarlo todo, hay que cambiar desde adentro al Estado, que ha resultado inoperante para llegar con pequeñas obras a las regiones. Éste es el mayor reto que existe.

domingo, 1 de mayo de 2011

ESTADOS UNIDOS MATA A OSAMA BIN LADEN (Diario EL PAÍS, España)


YOLANDA MONGE  

Washington 02/05/2011

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Estados/Unidos/mata/Osama/Bin/Laden/elpepuint/20110502elpepuint_4/Tes

Fuerzas especiales de Estados Unidos han matado al líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, ha anunciado en torno a las once y media de la noche (cinco y media de la mañana en España) el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Los agentes abatieron a tiros al líder de Al Qaeda en la localidad de Abottabad, en el norte de Pakistán (y no en una mansión a las afueras de Islamabad, como informó previamente la CNN), en una operación en la que no hubo bajas civiles ni de soldados estadounidenses.
El presidente ha asegurado que EE UU tiene el cuerpo del terrorista, un asunto de vital importancia para evitar el escepticismo que la noticia por sí sola podría causar en los circuitos islamistas radicales. Oficiales de EE UU han declarado posteriormente que un hijo adulto de Bin Laden junto a otros dos hombres podría haber muerto en el ataque.

En su alocución desde la Casa Blanca, Obama afirmó que, tras haber recibido informaciones de inteligencia fiables sobre el lugar donde se encontraba Bin Laden, en Pakistán, la semana pasada dio la orden de atacar y hoy "un pequeño grupo" estadounidense condujo la operación, en la que, tras un intercambio de fuego, se hizo con el cuerpo del terrorista.
En una comparecencia llena de dramatismo, Obama ha homenajeado a todas las víctimas del atentado del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, que causó 3.000 muertos. "Esta noche se ha hecho justicia", ha asegurado. El presidente ha agradecido a todos los agentes que participaron en la operación y a los que han ayudado durante estos años a perseguir al terrorista. "EE UU ha lanzado un mensaje inequívoco: no importa cuánto tiempo haga falta, se hará justicia", concluyó el presidente estadounidense.

10 años después del 11 S

La muerte del padre del terrorismo islamista internacional llega 10 años después de los atentados de Nueva York. Eliminar a Osama Bin Laden se había convertido en una obsesión para los Estados Unidos y había sido objeto de numerosas operaciones internacionales. Se especuló en diversas ocasiones con su muerte y se ofrecieron mareantes recompensas por cualquier pista sobre su paradero, pero Bin Laden seguía ahí.
Para el orgullo de EE UU resultaba una herida demasiado profunda desconocer el paradero de un tipo alto y desgarbado de 54 años, normalmente retratado sosteniendo un Kaláshnikov con su brazo izquierdo. Casi un anciano que se apoyaba en un bastón, dormía en el suelo y se alimentaba de verduras, yogur, sopa y pan afgano.
Aunque hiciera tres años que no aparecía en público, Bin Laden seguía siendo un símbolo. El hombre que había logrado un sueño que hace una década parecía una quimera: internacionalizar la yihad y extender el terror mediante alianzas con grupos asociados en todo el mundo. Decenas de células locales, inspiradas en el discurso de Bin Laden, quitan desde entonces el sueño a los jefes de inteligencia de varios continentes.

Alegría en Estados Unidos

El anuncio ha sido acogido con tremenda alegría en Estados Unidos. Manifestaciones de júbilo, gritos de "USA, USA", banderas estadounidenses y bocinas de automóviles pitando en son de celebración se escuchan desde la medianoche (siete de la mañana en España) en todo el país.
"Estoy aquí para convertirme en un testigo de la Historia. Mi novio será enviado al extranjero con los marines la semana que viene. Por eso estoy tan orgullosa por lo que ha hecho nuestro Ejército", contaba eufórica a las puertas de ña Casa Blanca Laura Vogler, una alumna de la American University en Washington.
Poco antes de las once de la noche locales la emisión en televisión se interrumpió para adelantar que el presidente iba a comparecer con un anuncio de vital importancia relativo a la seguridad nacional. Las especulaciones se desataron y a los pocos minutos algunos medios anunciaban de forma no oficial la muerte del terrorista. Ya en ese momento los estadounidenses comenzaron a salir a la calle.
Pronto Washington, Nueva York y las principales ciudades se han llenado de espontáneas muestras de alegría. Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, la ciudad que todavía vive traumatizada por el atentado de las Torres Gemelas, declaró: "Los neoyorquinos hemos esperado casi 10 años por esta noticia", informa Sandro Pozzi."La muerte de Osama Bin Laden es una importante victoria y un tributo para los que luchan por nuestro país", añadió. El senador neoyorquino Charles Schumer declaró: "El corazón de los neoyorquinos sigue roto por la tragedia del 11-S, pero [la muerte de Osama Bin Laden] aporta algo de consuelo a las víctimas".

Declaraciones de Bush

El ex presidente de Estados Unidos, George W. Bush, declaró hoy que la muerte de Osama Bin Laden es una "victoria para Estados Unidos" y que el país ha enviado claro el mensaje de que "no importa cuanto tiempo lleve, se hará justicia".
Bush, bajo cuya presidencia se produjeron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y que en sus memorias declaró que uno de sus mayores pesares fue el no haber sido capaz de capturar a Bin Laden, "vivo o muerto", emitió a través de su página en Facebook nada más conocerse la noticia, un comunicado en el que dijo que el presidente Barack Obama le informó de la operación.
"Esta noche, el presidente Obama me llamó para informarme de que las fuerzas estadounidenses mataron a Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda que atacó Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001", dijo Bush.
Bill Clinton también ha reaccionado a la noticia. El expresidente de Estados Unidos ha asegurado que la muerte de Bin Laden es un momento "profunamente importante" para las personas de todo el mundo que buscan un "futuro común de paz y libertad".
David Cameron, el primer ministro británico, también ha celebrado la noticia y asegurado que se trata de "un gran alivio para el mundo".
En la misma línea, el primer ministro israelí, Benjamin Netahyahu, ha asegurado que la muerte de Bin Laden es "un triunfo atronador para las naciones democráticas que combaten el terrorismo".

Precaución a todos los estadounidenses

Estados Unidos es consciente de que la muerte de Bin Laden podría desatar una ola de violencia contra sus ciudadanos. El Departamento de Estado americano ha pedido prudencia a todos sus ciudadanos en el mundo después de dar a conocer la noticia. Hay un "elevado potencial de violencia antiamericana", especificó un comunicado de prensa.
"Dada la incertidumbre y volatibilidad de la situación actual", asegura el Departamento de Estado, "es altamente recomendable para nuestros ciudadanos situados en áreas en las que los eventos pudieran causar explosiones de violencia antiestadounidense que limiten sus viajes fuera de sus casas y hoteles y que eviten las aglomeraciones o las demostraciones de luto"

Bin Laden: un terrorista de origen acaudalado

Osama Bin Laden nació en Arabia Saudí en el año 1957, en el seno de una acaudalada familia saudí. Su padre fue un importante magnate de la construcción en su país. Estudió Religión y Ciencias Económicas, graduándose en la Universidad Abdul Aziz. Desde 1979 apoyó a los rebeldes afganos en su guerra contra la URSS, organizando el reclutamiento de miles de voluntarios de todo el mundo árabe, entre otras acciones. Desde 1986 participó personalmente en los combates. Acabada la guerra, regresó a su país. Como consecuencia del apoyo saudí a las tropas de EE UU durante la Guerra del Golfo de 1991, rompió su relación con el régimen saudí y con su propia familia. Se exilió en 1991 en Sudán, donde dirigió una empresa que EE UU consideraba una tapadera terrorista.
Tras su experiencia en la guerra de Afganistán, Bin Laden aprendió a vivir como un ermitaño, una habilidad que le sirvió para mimetizarse en el terreno de la misma forma que lo hacen las serpientes.
Desde que Bin Laden logró huir en el invierno de 2001 de la montañas de Tora Bora después de que EE UU depusiera por las armas a los talibanes, el régimen que le daba amparo al este de Afganistán, solo había una certeza sobre el líder de Al Qaeda: estaba escondido en Pakistán. La comunidad de inteligencia barajaba muchas hipótesis: que estaba en una región remota o confundido con la masa en Karachi, que solo podría ser abatido por la traición en su círculo más próximo o con un ataque por misiles, pero estaba claro que se había desplazado al país vecino de Afganistán.
Durante años, los drones estadounidenses, aviones no tripulados dotados de misiles, han sobrevolado las distintas zonas tribales de Pakistán, el lugar más peligroso y volátil de la tierra. Han matado a decenas de militantes de Al Qaeda, también a civiles, y se han acercado mucho a sus líderes, sobre todo al egipcio Ayman Al Zawari, pero al final ha sido un grupo de comandos el que ha cerrado una parte de la historia.

Padre del yihadismo internacional

La base del pensamiento de Bin Laden era similar a los talibán: interpretaciones ultraortodoxas del islam suní, al que desea purificar de influencias occidentales. Su ideología, sus hombres, fogueados en acciones de combate, y el muy abundante dinero le permitieron financiar una oscura trama de grupos radicales que actúan contra intereses occidentales, preferentemente estadounidenses, allí donde tienen oportunidad.
En España se relacionó su figura con los atentados del 11 M, que él mismo reconoció con orgullo.

A PROPÓSITO DEL RANKING DE UNIVERSIDADES EN EL MUNDO: "NO ME HABLES DE OXFORD" (Diario EL PAÍS, España)


Escribe José Luis Pardo (*)

Por si fuera necesario, confieso de entrada mi admiración por universidades como las de Harvard, Yale, Cambridge, Oxford, Berkeley, París y otras, y añado que no solamente no tengo (ni he conocido a nadie que tenga) reparo alguno en que las universidades españolas se parezcan a las de esa lista, sino que estaría encantado de que así fuera, como también me gustaría que España se pareciera en muchos otros indicadores a los países en donde residen esas instituciones.
Sin embargo, y por desgracia, a pesar de que el logro de este parecido fue una de las coartadas para su implantación, no tengo (ni he conocido a nadie que tenga) la impresión de que eso vaya a ocurrir con el Plan Bolonia -quien quiera darse un paseo por las universidades recién reformadas podrá ver que sus campus, incluso los nombrados "excelentes", siguen sin tener aún una atmósfera oxoniense, y que incluso son un poquito más cutres que antes y más parecidos a los patios de recreo de la ESO-; tampoco me parece que vaya a ser este el resultado de la aplicación de la burocracia delirante de las Agencias de Evaluación y del fascinante Estatuto del Profesorado que permitirá llegar a catedrático a base de ocupar puestos de gestión y con un cero en investigación (véase La universidad que viene: profesores por puntos, tribuna de J. A. de Azcárraga, en EL PAÍS del 3-3-2011). Finalmente, descreo también de que se vaya a alcanzar este objetivo practicando lo que el profesor José Montserrat, en una carta al director, llamaba acertadamente el "nacionalismo científico" defendido en estas mismas páginas por los profesores Ortín y Álvarez (No hay ciencia sin competición, EL PAÍS del 12-3-2011) y por todos los que nos marean con los famosos rankings de las mejores universidades del mundo.

Y no es que yo niegue la validez de estas clasificaciones: eso sería por mi parte tan estúpido como dudar de la eficacia del rating de la deuda por parte de las agencias de calificación del riesgo financiero, cuando veo la eficacia con la que disminuyen mi salario todos los meses. Pero así como los más de 3.000 firmantes del Manifiesto de economistas aterrados (Pasos Perdidos, Madrid, 2011) tienen dudas de que los mercados sean los mejores jueces de la solvencia de los Estados, yo también albergo algunas sobre la imparcialidad de esas clasificaciones, que guardan con la excelencia científica una relación parecida a la de la lista de Los 40 Principales con la calidad musical: nos dicen qué es lo que más se vende (y, en ese sentido, lo más competitivo), pero no siempre lo más vendido es lo mejor -espero que se me dispense de tener que argumentar exhaustivamente esta afirmación, acerca de la cual puede consultarse el instructivo Adiós a la Universidad, de Jordi Llovet (Galaxia Gutenberg, 2011).
Si nos llenan de admiración nombres como los de Oxford y Cambridge no es solo ni principalmente porque aparezcan en los primeros puestos de un hit parade del mercado del conocimiento que se publica desde hace cuatro días. Como señalaba Juan Rojo, para conocer la calidad de una universidad "no hace falta ningún formulario, ni el seguimiento del número de tutorías, ni el control del número de alumnos por clase. Ni siquiera hace falta usar la palabra Bolonia. Basta con atenerse a su prestigio científico reconocido". (El segundo principio de la termodinámica, EL PAÍS del 31-3-2011). Esa superioridad se debe, entre otras cosas, a la tradición que ha convertido a esas instituciones en lo que algunos llaman despectivamente "mausoleos de sabiduría", tradición que no hace reposar la excelencia solamente en llegar el primero a la meta (que no es precisamente el origen de la noción de "excelencia" que tan orgullosamente manejan hoy los partidarios del Espíritu Deportivo), sino ante todo en la autonomía del saber científico con respecto a los poderes económicos y políticos que siempre han tenido la tentación de controlar el conocimiento y de ponerlo a su servicio, siendo su independencia uno de los signos distintivos de las universidades desde que la ciencia se separó de la magia y de la teología.
Y este es uno de los motivos por los que me parecen preocupantes la confianza en la autorregulación del mercado del conocimiento mediante la libre competición -una creencia sobre la cual la actual situación económica mundial podría arrojar al menos algunas dudas- y la pretensión de sustituir las viejas universidades por nuevos "centros de producción de conocimiento". Pues, como señala acertadamente Simon Head en su comentario del último enero a El capitalismo académico y la nueva economía (Johns Hopkins U.P., 2011) en la revista de libros de The New York Times, lo que amenaza la calidad y la libertad académica de las universidades (incluidas Oxford y Cambridge) son los procedimientos de evaluación que hacen depender su continuidad y su sostenibilidad de parámetros fijados en términos extracientíficos, concretamente de la rentabilidad en la producción de conocimientos que tanto defienden los patrocinadores de los rankings universitarios, porque en este caso se corre el peligro de que -solo es un ejemplo- sean las empresas farmacéuticas las que decidan la orientación de la investigación en química orgánica o las Consejerías de las comunidades autónomas quienes determinen la dirección de los estudios de filología clásica. Por supuesto que puede uno defender, incluso por motivos patrióticos, ese modelo de producción competitiva para el mercado del conocimiento, pero quien lo haga debe admitir claramente que comporta la destrucción de las universidades ilustradas modernas tal y como las conocemos desde el siglo XVIII, del mismo modo que algunos dicen -basándose en clasificaciones completamente objetivas con respecto a la pujanza de los llamados "países emergentes"- que la democracia resulta poco competitiva en una economía globalizada.
En cuanto a las observaciones de psicología profunda y antropología fundamental sobre la esencia competitiva de la naturaleza humana con las que a veces se sazona esta polémica, su carácter puramente ideológico y vacío resalta claramente en el contraste entre la grandilocuencia de su retórica y la pobreza y confusión de sus argumentos (no se puede defender a la vez el carácter cooperativo y competitivo de la ciencia). Lejos de mí, en cualquier caso, la intención de minimizar el alcance del afán de gloria a lo largo de la historia de la humanidad: nunca faltaron guerras para atestiguar su inequívoca importancia. Pero si, a pesar de nuestros inveterados instintos bélico-deportivos, admitimos que no todo vale para ganar -pues el asesinato, la extorsión, el chantaje y la violencia son altamente competitivos y sin embargo los castigamos-, es que aceptamos que hay algo más importante que la competición misma, algo que es de otro orden que ella y a lo que ella debe someterse y que ha de limitarla, algo que los clásicos llamaban verdad, justicia y belleza (tres marías que, ay, tampoco van a salir en los rankings de la producción de conocimientos), algo que seguramente sigue pesando en el hecho de que, fueran cuales fueran los resortes psíquicos de los hombres que hicieron los descubrimientos correspondientes, todavía nos da un poquito de vergüenza decir que el teorema de Pitágoras, la ley de caída de los graves de Galileo o la teoría de la relatividad especial nos parecen admirables porque son muy competitivos.
Y es que la competitividad no deja de ser una relación entre los hombres. La ciencia, por el contrario, es primariamente una relación con las cosas que, por ser irreductible a las rivalidades humanas, puede a veces servir para hacer una paz digna entre mortales. Pero cuando la verdad acerca de las cosas se subordina a las ambiciones y rivalidades de los hombres, aunque ello suponga éxitos económicos o políticos a corto plazo, puede suceder que los puentes elevados bajo ese principio se derrumben al primer vendaval o que los edificios erigidos sobre esa base se vengan abajo dejando a la intemperie a sus habitantes, a pesar de haber ocupado en las clasificaciones mundiales un puesto tan glorioso como el de Lehman Brothers unos días antes de su quiebra, porque la naturaleza acaba sancionando -a menudo de forma poco diplomática- la miopía, la irresponsabilidad y la incompetencia de ese punto de vista tan deportivo.

José Luis Pardo es filósofo

"ME LLAMO ERNESTO..." : HOMENAJE A ERNESTO SÁBATO (Diario EL PAÍS, España)


Un médico clínico peruano nos contaba hace algunos años que en la casa de sus padres habían libros voluminosos de Ernesto Sábato escritos en condición de físico; su verdadera y única profesión universitaria.
Sábato abandonó por completo la Física y se dedicó a la Literatura plenamente.
Resultaba complicado, en los años cuarenta, abandonar un prestigio, una consolidación profesional reconocida.
Pero hubo un punto sin retorno en su vida; sabía que la ciencia, sus métodos positivistas y su rutina iba a inmovilizar su sensibilidad. A amortajar sus pesadillas recurrentes.
Sábato era un hombre noble, sensible, tendiente a la depresión y, por lo mismo, extremadamente inteligente.
Su libro "Antes del fin" (1999) es maravilloso.
Como homenaje a su memoria publicamos este conjunto de fragmentos del libro, que el Diario EL PAÍS de España ha tenido a bien presentar en su edición de hoy.
Oscar Contreras Morales.-

Extracto del libro de memorias 'Antes del fin' (1999). El texto hace referencia a su infancia, juventud y actitud ética y política y fue publicado en EL PAÍS en enero de ese año.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/llamo/Ernesto/elpepucul/20110430elpepucul_3/Tes

Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto, al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque murió siendo una criatura. "Aquel niño no era para este mundo", decía. Creo que nunca la vi llorar -tan estoica y valiente fue a lo largo de su vida-, pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan.
Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa, al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el vientre de mi madre; y motivó, quizá, los misteriosísimos pavores que sufrí de chico, las alucinaciones en las que de pronto alguien se me aproximaba con una linterna, un hombre a quien me era imposible evitar, aunque me escondiera temblando debajo de las cobijas. O aquella otra pesadilla en la que me sentía solo en una cósmica bóveda, tiritando ante algo o alguien -no lo puedo precisar- que vagamente me recordaba a mi padre. Durante mucho tiempo padecí sonambulismo. Yo me levantaba desde el último cuarto donde dormíamos con Arturo, mi hermano menor, y, sin tropezar jamás ni despertarme, iba hasta el dormitorio de mis padres, hablaba con mamá y luego volvía a mi cuarto. Me acostaba sin saber nada de lo que había pasado, sin la menor conciencia. De modo que cuando a la mañana ella me decía, con tristeza -¡tanto sufrió por mí!-, con voz apenas audible: "Anoche te levantaste y me pediste agua", yo sentía un extraño temblor. Ella temía ese sonambulismo, me lo dijo muchos años más tarde, cuando me enviaron a La Plata para hacer los estudios secundarios, y ya ella no estuvo para protegerme. Pobre mamá, no comprendía, ni yo tampoco en aquel entonces, que ese tormento en gran parte era el resultado de la convivencia espartana, regida por mi padre.

La tierra de mi infancia, como un pueblo estremecido por fuerzas extrañas, se hallaba invadida por el terror que sentía hacia él. Lloraba a escondidas, ya que nos estaba prohibido hacerlo, y, para evitar sus ataques de violencia, mamá corría a ocultarme. Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.
De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: "Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".
Y así, de una u otra forma, necesité compasión y cariño.
Cuando me enviaron desde mi pueblo al colegio nacional de La Plata para hacer el secundario, en el instante en que me pusieron en el ferrocarril sentí resquebrajarse el suelo incierto sobre el cual me movía, pero al que aún le aguardaban peores hundimientos. Durante un tiempo seguí soñando con aquella madre que veía entre lágrimas, mientras me alejaba hacia qué infinita soledad. Y cuando la vida había marcado ya en mi rostro las desdichas, cuántas veces, en un banco de plaza, apesadumbrado y abatido, he esperado nuevamente un tren de regreso.
Entre esa multitud de colonizadores, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar esta "tierra de promisión", que se extendía más allá de sus lágrimas.
Mi padre descendía de montañeses italianos, acostumbrados a las asperezas de la vida; en cambio, mi madre, que pertenecía a una antigua familia albanesa, debió soportar las carencias con dignidad.
Juntos se instalaron en Rojas, que, como gran parte de los viejos pueblos de la pampa, fue uno de los tantos fortines que levantaron los españoles y que marcaban la frontera de la civilización cristiana.
Recuerdo a un viejo indio que me contaba anécdotas de sangrientas luchas y de malones, que trenzaba sus tientos con paciencia y que, cuando le dijeron que transmitirían por una radio de galena la pelea de Firpo con Dempsey, contestó: "Cuando más cencia, más mandinga".
En este pueblo pampeano, mi padre llegó a tener un pequeño molino harinero. Centro de candorosas fantasías para el niño que entonces yo era, cuando los domingos permanecía en el taller haciendo cositas en la carpintería, o subíamos con Arturo a las bolsas de trigo, y a escondidas, como si fuera un misterioso secreto, pasábamos la tarde comiendo galletitas.
Mi padre era la autoridad suprema de esa familia en la que el poder descendía jerárquicamente hacia los hermanos mayores. Aún me recuerdo mirando con miedo su rostro surcado a la vez de candor y dureza. Sus decisiones inapelables eran la base de un férreo sistema de ordenanzas y castigos, también para mamá. Ella, que siempre fue muy reservada y estoica, es probable que a solas haya sufrido ese carácter tan enérgico y severo. Nunca la oí quejarse y, en medio de esas dificultades, debió asumir la ardua tarea de criar once hijos varones.
La educación que recibimos dejó huellas tristes y perdurables en mi espíritu. Pero esa educación, a menudo durísima, nos enseñó a cumplir con el deber, a ser consecuentes, rigurosos con nosotros mismos, a trabajar hasta terminar cualquier tarea empezada. Y si hemos logrado algo, ha sido por esos atributos que ásperamente debimos asimilar.
La severidad de mi padre, en ocasiones terrible, motivó, en buena medida, esa nota de fondo de mi espíritu, tan propenso a la tristeza y a la melancolía. Pero también fue el origen de la rebeldía en dos de mis hermanos que huyeron de casa: Humberto, de quien luego hablaré, y Pepe, llamado en nuestro pueblo "el loco Sabato", que acabó yéndose con un circo, para deshonra de mi familia burguesa. Decisión que entristeció a mi madre, pero que ella sobrellevó con el estoicismo que mantuvo hasta su vejez, cuando a los noventa años, luego de largos padecimientos, murió serenamente en su cama en brazos de Matilde.
Mi hermano Pepe tuvo pasión por el teatro y actuaba en los conjuntos pueblerinos que se llamaban "Los treinta amigos unidos" y, cuando en el cine-teatro La Perla, se ponían en escena sainetes criollos, él siempre conseguía algún papel, por pequeño que fuese. En su cuarto tenía toda la colección de Bambalinas que se editaba en Buenos Aires con tapas de colores, donde, además de esos sainetes, se publicaban obras de Ibsen y una, que aún recuerdo, de Tolstoi. Toda esa colección fue devorada por mí antes de los doce años, marcando fuertemente mi vida, ya que siempre me apasionó el teatro, y aunque escribí varias obras, nunca salieron de mis cajones.
Debajo de la aspereza en el trato, mi padre ocultaba su lado más vulnerable, un corazón cándido y generoso. Poseía un asombroso sentido de la belleza, tanto que, cuando debieron trasladarse a La Plata, él mismo diseñó la casa en que vivimos. Tarde descubrí su pasión por las plantas, a las que cuidaba con una delicadeza para mí hasta entonces desconocida. Jamás lo he visto faltar a la palabra empeñada, y con los años admiré su fidelidad hacia los amigos. Como fue el caso de don Santiago, el sastre que enfermó de tuberculosis. Cuando el doctor Helguera le advirtió que la única posibilidad de sobrevivir era irse a las sierras de Córdoba, mi padre lo acompañó en uno de esos estrechos camarotes de los viejos ferrocarriles, donde el contagio parecía inevitable.
Recuerdo siempre esta actitud que define su devoción por la amistad y que supe valorar varios años después de su muerte, como suele ocurrir en esta vida, que, a menudo, es un permanente desencuentro. Cuando se ha hecho tarde para decirle que lo queremos a pesar de todo y para agradecerle los esfuerzos con que intentó prevenirnos de las desdichas que son inevitables y, a la vez, aleccionadoras. Porque no todo era terrible en mi padre, y con nostalgia entreveo antiguas alegrías, como las noches en que me tenía sobre sus rodillas y me cantaba canciones de su tierra, o cuando por las tardes, al regresar del juego de naipes en el Club Social, me traía Mentolina, las pastillas que a todos nos gustaban.
Desgraciadamente, él ya no está y cosas fundamentales han quedado sin decirse entre nosotros; cuando el amor es ya inexpresable, y las viejas heridas permanecen sin cuidado. Entonces descubrimos la última soledad: la del amante sin el amado, los hijos sin sus padres, el padre sin sus hijos. Hace muchos años fui hasta aquella Paola de San Francesco donde un día se enamoró de mi madre; entreviendo su infancia entre esas tierras añoradas, mirando hacia el Mediterráneo, incliné la cabeza y mis ojos se nublaron.
Ya nada queda de la pensión de la calle Potosí donde una tarde, traída por un buen amigo, llegó Matilde, de diecinueve años, huyendo de un hogar en que se la adoraba, para venir a juntarse en una piezucha de Buenos Aires con esta especie de delincuente que era yo. Para luchar en la clandestinidad contra la dictadura del general Uriburu, por un mundo sin miseria y sin desamparo. Una utopía, claro, pero sin utopías ningún joven puede vivir en una realidad horrible. Allí, muchas veces soportamos el hambre, cuando compartíamos un poco de pan y mate cocido, salvo en los días de suerte, en que la generosa doña Esperanza, encargada de la pensión, nos golpeaba la puerta para ofrecernos un plato de comida.
En esos tiempos de pobreza y persecución se desencadenó una grave crisis, y finalmente, mi alejamiento de aquel movimiento por el que tanto había arriesgado.
Los miembros del Partido, que, por supuesto, vigilaban cualquier "desviación", advirtieron en mí ciertos indicios sospechosos. En conversaciones con camaradas íntimos, yo sostuve que la dialéctica era aplicable a los hechos del espíritu, pero no a los de la naturaleza, de modo que el "materialismo dialéctico" era toda una contradicción. Alguien que no haya conocido a fondo la mentalidad del comunismo militante podría pensar que eso no era grave, cuando en rigor era gravísimo para los dirigentes, que consideraban un delito separar la teoría de la práctica. Sería largo de explicar en qué fundamentos me basaba, lo único que puedo decir es que esto sucedió hacia 1935, y que muchos años más tarde, en un encuentro teórico realizado en la Mutualité de París, se debatió ese problema entre grandes filósofos como Sartre y otros, y se sostuvo precisamente lo mismo.
Sea como fuere, aquella hipótesis era arriesgadísima porque el marxismo-leninismo estaba codificado de una manera férrea e inapelable. El Partido -palabra que siempre se escribía con mayúscula- resolvió mandarme por dos años a las Escuelas Leninistas de Moscú, donde uno se curaba o terminaba en un gulag o en un hospital psiquiátrico. Sin duda habría acabado en uno de esos campos de concentración, dada la convicción profunda que tenía sobre ese disparate filosófico. Por el espíritu de sacrificio que reinaba en los militantes, Matilde aceptó tristemente mi viaje a la Unión Soviética por dos años -y quizá para siempre-, quedando ella oculta en casa de mi madre.
Antes de ir a Moscú debía pasar por el Congreso contra el Fascismo y la Guerra, que presidía en Bruselas Henri Barbusse, organizado por el Partido y bajo su riguroso control. El viaje partía de Montevideo, yo atravesé de noche el delta del río de la Plata, en una lancha de contrabandistas, para luego seguir en barco, con documentos falsos, hasta Amberes; y finalmente, en tren hasta Bruselas. Allí tuve la oportunidad de escuchar a gente de la Schutzbund, de Austria, y a militantes que venían de Alemania, donde el hitlerismo estaba en ascenso. Me pusieron en un cuarto de los llamados Auberges de la Jeunesse junto a un compañero que conocí con el nombre supuesto de Pierre. Era un dirigente del Comité Central de la Juventud Francesa, de ciega obediencia a la teoría, lo que me hizo poner en guardia, porque en el Partido no se cometían esa clase de equivocaciones; aquel muchacho militante luego cayó en manos de la Gestapo y fue muerto tras salvajes torturas.
En uno de esos diálogos que teníamos antes de dormir surgió una discusión, y cometí el peligroso error de manifestar mis dudas sobre aquel problema filosófico. A la mañana siguiente le dije a mi compañero que me dolía el estómago y que iría en cuanto me aliviara el dolor. Después de una hora o más, cuando consideré que él no volvería, arreglé mi valijita y me escapé a París en tren. Ya habían comenzado los "procesos" del siniestro imperio estalinista, y apenas tuve esa conversación con Pierre comprendí que si iba a Moscú no volvería jamás. Todos los diálogos, las experiencias que conocí a través de militantes de otros países, acabaron por agrietar ya en forma irreversible la frágil construcción que en mi mente se vino abajo.
Como había ido a Bruselas ya con graves dudas sobre la dictadura de Stalin, en Buenos Aires, un amigo, ex simpatizante del Partido, me había dado la dirección de un trotskista argentino director de un semanario francés, que años más tarde moriría en un tanque en tiempos de la guerra civil española. Él me puso en contacto con un portero de la École Normale Supérieure, ex comunista, que me ofreció dormir en su cuartucho, en una de esas grandes camas de París. Como no había calefacción y el frío era intenso en aquel 1935, además de las mantas, nos cubríamos con una cantidad de L"Humanité. Durante el día deambulaba a la deriva por las calles de París, sin llegar a ver hacia qué tierras me arrastraría el naufragio. Hasta que una tarde entré en la librería Gibert, del Boulevard Saint-Michel, y robé un libro de análisis matemático de Émile Borel y escapé con él escondido en mi sobretodo. Recuerdo aquel atardecer gélido de invierno, leyendo los primeros fragmentos, con el temblor de un creyente que vuelve a entrar a un templo luego de un turbio periplo de violencias y pecados. Aquel sagrado temblor era una mezcla de deslumbramiento, de recogida admisión y de una paz que hacía tiempo anhelaba mi espíritu: el orbe matemático me llamaba a sus puertas por segunda vez.
De regreso en el país, espiritualmente destrozado, me encerré en el Instituto de Físico-Matemática, y en pocos años terminé mi doctorado. Allí me preparaba casi a diario para resistir los insultos y los agravios por mi "traición" al comunismo, cuando en rigor era todo lo contrario. El gran traidor fue ese hombre monstruoso, ex seminarista, que liquidó a todos los que habían hecho verdaderamente la revolución, hasta alcanzar en el extranjero al propio Trotsky, uno de los más brillantes y audaces revolucionarios de la primera hora, asesinado en México por los hachazos estalinistas.
Los excluidos no tienen justicia que los defienda. He ido a la villa treinta y uno, de Retiro, para solidarizarme con los sacerdotes que ayunan en repudio por la crueldad con que se pretendió echar a la gente, derribando sus precarias construcciones con salvajes topadoras.
Al regresar a casa, durante la noche he podido ver por televisión cómo se agredía a unos obreros que se negaban a desalojar una fábrica, golpeados con violencia, tratados como delincuentes por una sociedad que no considera un delito negarles a los hombres su derecho al trabajo; expropiándoles, incluso, hasta las pocas leyes laborales que los protegían.
También he visto a la policía corriendo con palos y tanques hidráulicos a vendedores ambulantes, en lugar de encarcelar a los que se están robando hasta las últimas monedas y tienen dinero y poder para comprar a esa justicia que cae con despiadada dureza sobre un pobre ladrón de gallinas. Como el muchacho que me escribió desde una cárcel cordobesa pidiéndome un ejemplar del Nunca más autografiado. Mientras ese hombre estaba preso por un delito menor, en un gesto aberrante se puso en libertad a los culpables de haber desangrado a la patria.
Con gran amargura, la tarde en que escuché la noticia de los indultos, me encerré en mi estudio sin deseos de ver a nadie, mientras volvían a mi mente las imágenes del horror, aquellos escenarios del suplicio.
En los años que precedieron al golpe de Estado de 1976 hubo actos de terrorismo que ninguna comunidad civilizada podría tolerar. Invocando esos hechos, criminales de la más baja especie, representantes de fuerzas demoniacas, desataron un terrorismo infinitamente peor, porque se ejerció con el poderío e impunidad que permite el Estado absoluto, iniciándose una caza de brujas que no sólo pagaron los terroristas, sino miles y miles de inocentes.
Cuando el país amaneció de esa pesadilla, el presidente Alfonsín, en su condición de jefe supremo de las Fuerzas Armadas, ordenó a los tribunales militares enjuiciar a los culpables de ese histórico horror. Luego, como estatuye la Constitución, el fuero civil daría la última palabra. Finalmente se nombró una comisión de civiles que, a través de una investigación paralela, aportó pruebas a la labor de los tribunales.
El horror que día a día íbamos descubriendo dejó a todos los que integramos la Conadep, la oscura sensación de que ninguno volvería a ser el mismo, como suele ocurrir cuando se desciende a los infiernos. Siempre recordaré la entereza ética y espiritual de las personalidades de la ciencia, la filosofía, varias religiones y el periodismo, que integraron la comisión.
El informe era transcripto por dactilógrafas que debían ser reemplazadas cuando, entre llantos, nos decían que les era imposible continuar su labor. En más de cincuenta mil páginas quedaron registradas las desapariciones, torturas y secuestros de miles de seres humanos, a menudo jóvenes idealistas, cuyo suplicio permanecerá para siempre en el lugar más desgarrado de nuestro corazón.
El terrorismo de Estado provocó también la destrucción de las familias de los desaparecidos. Padres y madres, en su atormentada fantasía, enterraron y resucitaron a sus hijos, sin saber, siquiera, la monstruosa realidad. Será difícil calcular cuántos padres murieron o se dejaron morir de angustia y de tristeza, cuántos otros enloquecieron. Como ocurrió con Miguel Itzigson, mi gran amigo, que en sus años finales tuvo como único objetivo recuperar a su hija, lograr alguna vez la verdad y la justicia. Pero el enfrentamiento con aquel horror, hecho de la crueldad de unos y la indiferencia de otros, acabó quebrando su admirable temple. Se dejó morir de tristeza.
El día en que la Conadep entregó el informe al presidente de la nación, la plaza de Mayo desbordaba de hombres, mujeres, jóvenes y madres con sus criaturas en brazos, que de ese modo daban su apoyo a aquel acontecimiento fundamental de nuestra historia. Ya que Nunca Más deberíamos reiterar los hechos que nos hicieron trágicamente famosos, cuando la prensa del mundo entero escribía en castellano la palabra "desaparecido".
Lamentablemente, las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final, y luego los indultos, han abortado aquella voluntad soberana que hubiese sido un ejemplo de lucha ética, que hubiera tenido consecuencias ejemplares para el futuro de nuestra patria. Porque la tragedia que vivió la Argentina no será olvidada jamás por los que poseen un corazón noble; no sólo por quienes han presenciado aquel infierno, sino también por la condena de todos los seres de conciencia del mundo. Como lo demuestra la investigación que en otros países llevan adelante seres como el juez Baltasar Garzón, con quien estuve durante mi último viaje a España. La sangre, el horror y la violencia cuestionan a la humanidad entera, y nos demuestran que no podemos desentendernos del sufrimiento de ningún ser humano.

HERNANDO DE SOTO: "TRAIGO UNA PROPUESTA CONTRA LA POBREZA" (Diario EL COMERCIO)


UNA ENTREVISTA DE MILAGROS LEIVA GÁLVEZ

El Comercio

El economista y presidente del Instituto Libertad y Democracia (ILD) acaba de alborotar la segunda vuelta. Aquí las razones de Hernando de Soto para apostar por Keiko Fujimori.

¿Ha venido a decir que será el primer ministro de Keiko Fujimori?
He venido porque Keiko me convocó. Yo estaba cerrando un contrato con el presidente de Mongolia y vine a escucharla. Ella recoge la estrategia del ILD para luchar contra la pobreza a través de medios institucionales, nuestro plan es perfectamente compatible con su programa. Ya lo integramos.

Entonces su intención es ser parte del equipo técnico…
Por el momento nuestro aporte está limitado a poner en blanco y negro la propuesta del ILD.

¿Si Keiko Fujimori gana y le pide ser ministro, acepta?
Mi respuesta siempre es no. Puedo lograr reformas con asesorías y consultorías. No estoy buscando puestos, solo quiero ayudar.

¿Usted sería el gurú de Keiko?
Yo espero ser un gurú importante de Keiko, no pido exclusividad.

Pero si Keiko lo ha llamado y usted ha cruzado mares, es obvio que no ha venido a tomar el té.
Tiene usted razón, debe haber algo importante detrás de esto.

¿Me está tomando el pelo?
Ja, ja, ja, no, te estoy diciendo la verdad. A Keiko la conozco desde que tenía 15 años y ella cree en mi trabajo internacional. Yo, encantado de ayudar al Perú. Hay que reconocer que un gran sector de la población no tiene cómo entrar en la economía globalizada y la pregunta es cómo incluirlo.

PPK dice que el único camino es la formalización.
Pedro Pablo hace eco de nuestra receta. Nosotros comenzamos con esta idea en los ochenta y eso está escrito en “El otro Sendero” y en “El misterio del capital”.

¿Usted votó por PPK en la primera vuelta?
No, yo voté por Keiko.

Ajá, usted es fujimorista…
No, Keiko siempre me pareció una mejor opción. La conozco.

¿Y no le preocupa que Keiko sea tan joven?
Si uno la ve de cerca, es extremadamente madura. Además me encanta que sea mujer porque las peruanas son más interesantes. Yo he conversado con ella horas de horas.

Recuerde que Alan García destrozó el país a los 36 años…
Hay jóvenes locos y jóvenes sagaces, Keiko es del segundo grupo.

¿No tuvo reparos éticos por los pasivos de su padre?
Ella ya pidió disculpas, además los pasivos no son genéticos. Si pensamos así, estamos fregados. Sé que usted está pensando en el autoritarismo…

En la violación de los derechos humanos, en la corrupción endémica, en la compra de canales…
Si todo fuera genética, el Perú estaría perdido, porque con los papás que se manejan Ollanta y Keiko estamos mal. Yo no creo en eso. Ella es muy inteligente, tiene un carácter muy fuerte y sabe cómo no repetir los errores de su padre.

Si los pasivos no son genéticos, entonces tampoco los activos.
Ja, ja, ja, es un excelente contrapunto. A mi juicio ella es muy inteligente, es una persona más abierta que su padre. Quizá viene por su madre, no lo sé.

Pero si usted dice que tiene el genio de su padre, puede convertirse en una autoritaria.
Tener genio no significa ser autoritario, es no ser manejable. Ella tiene ideas propias y es la jefa de su partido. Para salir de la pobreza extrema hay que tomar grandes decisiones y Keiko es una persona fuerte.

Humala también es fuerte…
Por supuesto, no hay manera de llegar a una segunda vuelta con las palizas que les dan, pero confianza me inspira Keiko.

En la primera vuelta PPK era el gran técnico, ¿ahora usted se presenta como el samurái de Mongolia que asesora a Keiko?
Ja, ja, ja, usted está creando una rivalidad. No voy a pecar de arrogante, lo que ha hecho el ILD en el mundo está documentado. Keiko me ha pedido insumos para salvar a los peruanos de la extrema pobreza. Sabemos cómo formalizar a los peruanos, acabar con los conflictos sociales y lograr que las inversiones sean compatibles con el desarrollo social.

¿Por qué se peleó con Fujimori?
En enero de 1992 renuncio a ser su representante personal porque le digo que hay una quinta columna de corrupción en su gobierno, vinculada al narcotráfico y es inaceptable. Esa columna era Montesinos. Mi vínculo con Keiko nace porque ella se le enfrenta. Para mí había quedado claro que era corrupto y malvado y se lo dije decenas de veces. Luego sufrí las consecuencias. Todo eso ocurrió tres meses antes del golpe, un hecho que nunca avalé.

Usted conoció a Montesinos…
Nunca. Imagino que él conversaba con el presidente en la mañana, yo veía a Fujimori de 11 de la noche a 2 de la mañana. Era una buena hora para despachar porque no sonaban los teléfonos.

¿Fujimori y Montesinos fueron lo peor que le pasó al Perú?
No, Montesinos y Abimael Guzmán fueron lo peor, pero no Fujimori. Él tuvo lados buenos, instaló la economía de mercado. Y lo más importante, derrotó al terrorismo. A nadie le gusta la violación de los derechos humanos, pero la guerra contra Sendero en épocas de Fujimori tuvo menos muertos que en los anteriores gobiernos. Lamentablemente operó con varios gangsters que violaron los derechos y robaron, pero ese lado negativo no borra lo bueno. Él ya está pagando sus deudas.

¿Barrios Altos, La Cantuta, las torres de dinero chantajeando, la anomia frente a Montesinos no borran sus cosas positivas?
Sus cosas malas son abominables, pero también es un hecho lo que hizo bien. A mí me apena que esté en prisión, respeto ese proceso judicial. Yo fui perseguido, me vi obligado a trabajar afuera, le podría decir que tengo enormes resentimientos para despotricar, pero no niego las cosas positivas.

¿Regresa por la añoranza de sus años con Fujimori?
De ninguna manera. No te olvides, además, que Sendero bombardeó el ILD porque sabía de dónde venían las ideas. No, yo regreso por la hija. Recuerda que la primera crítica al gobierno de Fujimori por amoralidad fue mía, con mi renuncia. Si entro a ayudar a Keiko, es porque no la considero parte de todo eso, el hecho de que haya sido primera dama e hija no la hace cómplice. Si yo viera algo del régimen antiguo, te aseguro que no estaría aquí.

¿Usted es el contrapeso de Vargas Llosa que ahora apoya a Humala?
No vengo a criticar, yo vengo a proponer una salida. No pienso criticar a Ollanta Humala, menos a Mario Vargas Llosa. Ollanta es un hombre que quiere hacer cosas por el Perú y Mario Vargas Llosa está decidiendo su voto y tiene todo el derecho a decir lo que piensa. Eso es lo bonito de la democracia.

¿Y por qué Keiko y no Ollanta?
Porque nuestra propuesta intenta abrir la economía de mercado para que los pobres participen en ella, sin abandonar la economía global. Es imposible prosperar sin ella. Cuando veo una propuesta que quiere cerrar en lugar de abrir, cuando dicen que pondrán barreras, funcionarios para vigilar, confieso que tengo miedo porque me recuerda a Velasco y los modelos que fracasaron. He visto punto por punto el plan de Humala y es de cerrar tuercas.

Entonces usted insiste en un modelo que no genera inclusión.
No. Yo creo en el gran capital, pero no basta. El desarrollo llega incluyendo a los informales.

¿Cómo lograrlo?
Quitando los obstáculos legales. Tenemos un programa para ayudar a los indígenas desde la selva hasta la puna, dándoles responsabilidad, acceso a la empresa, sin que les tome años. Hay que dar a los pobres los instrumentos. La única manera de salir adelante es empoderarlos. En las zonas actualmente en conflicto no es que los pobres no tengan tierra, sino que legalmente no es suya. Quien la tiene legalmente se protege y con eso consigue crédito y capital. No se pueden tomar decisiones en los pasillos de Palacio, todo tiene que ser discutido, es la única manera de combatir los conflictos y la corrupción. Lo que prometemos es ir comunidad por comunidad para ver cómo quieren tener su propiedad.

¿Y si una comunidad dice que no quiere economía de mercado?
Será respetada. El Estado no impondrá modelos, pero les daremos la oportunidad de pertenecer al mundo moderno. Podrían utilizar los mecanismos de Medio Oriente, por ejemplo. Algunos votaron por el socialismo como Gadafi y otros votaron por la economía de mercado como los estados del Golfo. Hay que darles control de su territorio.

Hablando de Gadafi, Gustavo Gorriti ha publicado un artículo sobre sus conexiones con este dictador
Me da mucho dolor lo que pasa en Libia. Quien firmó el contrato con el ILD, cuando nos llamó el gobierno para iniciar la formalización, era el presidente de la Comisión Nacional de Planificación, Mahmud Yebril, quien hoy es el jefe de la oposición a Gadafi, es el guerrillero numero uno. El único camino para hacer reforma en Libia, hasta febrero de este año, era a través de la fundación de la hermana de Gadafi, reconocida por la ONU. No había otro camino. En el momento en que se producen los conflictos nosotros renunciamos. Si camina por el África, el Medio Oriente, usted solo encontrará dictadores. Por qué debo tener exquisiteces que ni siquiera la ONU tiene. ¿Por qué voy a ser más papista que el Papa?