sábado, 28 de mayo de 2011

FAVIO, FAVIO, FAVIO (Suplemento Ñ, Diario Clarín)



La foto está en la página 171 de La memoria de los ojos: filmografía completa de Leonardo Favio , recientemente editado en conjunto por La otra boca y el grupo de gestión y producción cultural La nave de los sueños. La foto, entonces, retrata un lugar incierto, (in)certeza amparada por la ausencia de un contorno edilicio definido. Con techo y paredes fuera del campo visual posibilitado por la potencia lumínica del único reflector visible y operativo, la escena bien podría transcurrir en un estudio cinematográfico, un semi-piso palermitano, una oficina céntrica o un galpón deshabitado. El haz de luz cae oblicuo al piso. Sobre él reposan, inmortalizados por el obturador, los cuerpos semidesnudos de la angelical Natalia Pelayo y el torneado Hernán Piquín. Es una imagen de romance y pasión. Ella, acostada con la espalda sobre el piso, lo mira fijo a los ojos, como intentando transparentarle el alma. El, pecho curvado para erguirse, denota la pulsión casi vital de poseerla con la vista clavada en sus labios.

No están solos. Leonardo Favio, gorro rojo en lugar del clásico pañuelo, observa el rodaje de la escena nodal de su Aniceto siglo XXI sentado en una silla de mimbre demasiado ordinaria para su grandeza. Mira atento a sus criaturas, hipnotizado, poseído por la fuerza demoníaca del cine, de su cine. Esa misma que lo hizo llorar en medio del rodaje de Nazareno Cruz y el lobo (1975) cuando la película “no le salía”; que lo arrastró hasta la sala de proyección para editar una escena segundos antes de que arranque la función; que le hizo pedirle a Edgardo Nieva que modifique sus rasgos faciales para dar con el Gatica que él imaginaba; ese vendaval de emociones que hace que Favio, a los 72, desee retocar detalles de sus primeras películas a casi medio siglo de rodarlas.
Esa interacción constante entre el artista y su obra se traslada a la pantalla: el arte como objeto fluctuante que se presta a un análisis vigente, el arte en movimiento, siempre en transición. “Si el cine se completa con los espectadores, la renovación que hay sobre la obra de Favio se mantiene viva. Quienes escribimos hemos visto sus filmes en vhs, no participamos del boom de su cine en los 70. Entonces tuvimos que reconstruir. Pienso que nuestra generación busca explicaciones en muchos sentidos. Por eso salimos también a buscar identidad, al menos en lo relativo al país, y la encontramos en muchos casos en la propuesta social y poética de Favio”, explica Martín Wain, compilador y autor de dos de los once textos (uno por cada película, además de la introducción y un breve análisis sobre el bautismal cortometraje El amigo ) que componen La memoria de los ojos .

SUEÑO DE PERMANENCIA
No es casual que el título haga referencia a los ojos. Por un lado, porque el enorme caudal de fotos –muchas de ellas inéditas– que ilustran los textos es una apuesta a la perduración de un documento tanto analítico como visual, cumpliendo una de las máximas que movilizó a este artista: “El sueño de todos es permanecer, pero uno muere cuando se escapa de la memoria de la gente. Mi obsesión es que me recuerden bien en esa momentánea memoria que haya de mí”, se sinceró cuando esta revista lo consultó sobre la eternidad y lo efímero de la vida durante una entrevista en 2008. Allí están las más de veinte fotos de Diego Puente eternizado como Polín, protagonista absoluto de Crónica de un niño solo , aquella ópera prima que el mendocino rodó con rollos de fílmico sacados de los laboratorios Agfa en nombre de su gran maestro y futuro amigo, Leopoldo Torre Nilsson. O aquellas otras de Juan Moreira (1973) y Nazareno Cruz y el lobo , díptico donde amistó la calidad de productos artísticamente sofisticados con historias de alcance popular y masivo –habría que esperar hasta comienzos de siglo para que Fabián Bielinsky hiciera lo mismo–, llevando a más de seis millones de argentinos a los cines. “Favio tuvo siempre la increíble habilidad para convertir lo que en otros sería sensiblería, cursilería, puro caramelo, en la más auténtica sensibilidad. A los sentimientos desbordados siempre supo acecharlos, contenerlos con golpes de realidad”, reflexiona el periodista y crítico Mariano Kairuz en su texto sobre Soñar soñar (1976).
Pero esa referencia a los ojos es además la consecuencia natural del trabajo de un director que hizo de cada plano un meticuloso retrato para la eternidad. Es que el cine de Favio es una sucesión de fotografías –no fotogramas– con la extraordinaria capacidad de contener un mundo deseoso de ser explorado, una infinidad de puntos de fuga para más historias y relatos. Por eso la importancia fundamental de los ojos, porque ellos, aprehensores de lo bello y delatores incorruptibles de sentimientos y sensaciones, deben estar en la cúspide de sus funciones para que ese universo sea correctamente percibido, para conmensurar lo que de otra forma sería inconmensurable.

Por Ezequiel Boetti
Fuente: Revista Ñ
Más información: www.revistaenie.clarin.com

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