sábado, 5 de marzo de 2011

EL OTRO PERÚ PROFUNDO (Escribe Mirko Lauer, Diario LA REPÚBLICA)


Lo que viene sucediendo con las ilegales dragas en Madre de Dios es una nueva lección acerca de la naturaleza del poder en el Perú. La movilización de los mineros ilegales y sus simpatizantes por las calles ha paralizado para todo fin práctico las buenas intenciones del operativo original de la semana pasada. El mercurio va a seguir fluyendo.
El hecho coincide con la aparición de un cable de la embajada de los EEUU que en el 2006 decía que en el Perú se falsifica certificados para exportar madera ilegal (uno de los temas sensibles del TLC). Como nada dramático sucedió en el tema desde entonces, debemos suponer que la práctica se ha mantenido desde entonces.
La zona del narcotráfico tampoco ha producido noticias alentadoras últimamente. Pocos incidentes, pocas tragedias, lo cual habla de una suerte de paz en una zona de intenso conflicto. Pero también significa que la producción de coca y de droga se mantiene al tope. La ONU advierte que pronto seremos Nº1 también en esta actividad.
El escenario de delincuencia superviolenta en Trujillo ha salido de las primeras planas, pero que se sepa no se ha desmovilizado, y las bandas de extorsionadores siguen allí, solo que desplazadas de las primeras planas. Esta es otra guerra que nadie parece estar tomándose la molestia de ganar, o quizás ni siquiera de combatir.
Estos son solo cuatro ejemplos de una situación de continuidad del delito. Todos los ha heredado el actual gobierno, y todos se los va a dejar casi intactos en herencia al gobierno siguiente. Seguramente es posible presentar listas de esfuerzos y avances, pero los bolsones delictivos siguen allí, iguales o incluso más fuertes.
El mensaje de estos y otros casos similares es que el Estado peruano carece de la capacidad para imponer sus leyes en la totalidad del territorio y a la totalidad de la población. Lo cual produce un cálculo de costo-beneficio para el cual imponer la ley puede terminar creando más problemas de los que resuelve.
Tenemos, así, una sociedad y una economía que avanzan por dos carriles. El problema reside en que, no tan a la larga, cada uno de estos espacios necesita imponer sus reglas al otro para desarrollarse. Lo que a escala nacional se percibe como una tregua, sobre el terreno claramente existe como una confrontación entre el Estado y la producción ilegal.
Hay una hipótesis según la cual estos desafíos sociales y económicos al Estado resisten porque están articulados al mundo de la formalidad y sus intereses. Algo así como el lado oscuro del crecimiento económico, y a la vez el lado indispensable para la supervivencia de muchos. Un tipo de argumento que puede llevar lejos.

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