viernes, 14 de diciembre de 2012

EN MEMORIA DE OSCAR NIEMEYER (1907-2012)

 
Oscar Niemeyer: el arquitecto futurista al que inspiró la sensualidad

Brasil y el mundo de la arquitectura están de luto. El célebre arquitecto Oscar Niemeyer, diseñador de los icónicos edificios futuristas de Brasilia y de más de 600 estructuras alrededor del planeta con las que revolucionó la arquitectura del siglo XX, falleció anoche a los 104 años en el hospital Samaritano de Río de Janeiro como consecuencia de una infección respiratoria.
Niemeyer, que padecía problemas en los riñones y era sometido a hemodiálisis, estaba internado desde el 2 de noviembre. Había ingresado originalmente por una deshidratación, en su tercera internación en el año. Luego, su estado de salud se complicó con una hemorragia digestiva. Ayer por la mañana, el equipo médico que lo trataba informó que había sufrido un paro cardíaco y que su respiración estaba siendo mantenida por aparatos. Su familia, esposa y nietos, fue entonces convocada al hospital. El 15 del actual hubiese cumplido 105 años.
Años atrás, cuando se le preguntó cómo le gustaría ser recordado el día que muriese, dijo que quería que en su lápida se leyese la frase: "Oscar Niemeyer, brasileño, arquitecto. Vivió entre amigos, creyó en el futuro".
Anoche, la presidenta Dilma Rousseff lo despidió emotivamente: "Brasil hoy perdió a uno de sus genios. Es día para llorar su muerte; es día para saludar su vida". Y el gobernador del estado de Río de Janeiro, Sergio Cabral, declaró tres días de duelo. Mientras, los brasileños lloraban al llamado "mago de la línea curva".
Sus restos serán velados en el Palacio del Planalto, diseñado por él mismo.

El Gobierno de Brasil encomendó a Niemeyer un complejo de edificaciones conocido como Conjunto Arquitectónico de Pampulha, con la famosa Iglesia de San Francisco de Asís, que las autoridades católicas se negaron a bendecir por sus inusuales formas y elementos decorativos.
Idealista y promotor de la lucha contra las desigualdades sociales, en 1945 se afilió al Partido Comunista Brasileño y se volvió un apasionado defensor de la ideología de izquierda, que le ganó la amistad de figuras como Fidel Castro y Luiz Inacio Lula da Silva, pero también le acarreó varios problemas en los años de la Guerra Fría. Tuvo que dejar de lado las invitaciones para enseñar en las universidades estadounidenses de Harvard y Yale porque su visa fue negada.
No obstante, en 1947 su proyecto general para la sede de Naciones Unidas en Nueva York fue elegido y terminó viajando a Estados Unidos para supervisar la construcción del edificio junto a Le Corbusier. En Brasil, en tanto, diseñó algunos sitios icónicos, como el Edifico Copan y el Parque Ibirapuera, ambos en San Pablo; la Casa de las Canoas y la sede del Banco Boavista, en Río de Janeiro.
Fue, sin embargo, durante la presidencia de Kubitschek (1956-1961) que Niemeyer hizo su mayor aporte a la arquitectura brasileña, con el diseño de los principales edificios públicos de la nueva capital, Brasilia, proyectada por Costa. Ahí se destacan la catedral, el Congreso, los palacios del Planalto, Alvorada e Itamaraty, y numerosos predios habitacionales, pensados para que las diferentes clases sociales convivan en armonía.
La llegada de la dictadura militar (1964-1985) lo llevó al exilio en Francia y a realizar varios trabajos en Europa, África y Asia (la sede de editorial Mondadori en Italia; el hotel Pestana Casino Park en Portugal; la sede del Partido Comunista en Francia; la Universidad de Ciencia y Tecnología en Argelia; la Universidad de Haifa, en Israel, entre otros). Comenzó entonces también a diseñar muebles, el más conocido de ellos, la silla "Río". Amparándose en la ley de amnistía de 1979, Niemeyer regresó a Brasil a principios de 1980; ganó el prestigioso Premio Pritzker en 1981, y siguió trabajando incansablemente en proyectos como el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi; el Nuevo Museo de Curitiba (hoy Museo Oscar Niemeyer), y el Memorial de América latina, en San Pablo.
En medio de innumerables reconocimientos de universidades internacionales, sus últimos años de vida estuvieron empeñados en completar las edificaciones del llamado Camino Niemeyer, en Niteroi; el Museo Pelé, en Santos, y el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer en Avilés, España, entre otros. En 2006, con 99 años y tras dos de viudez, se casó con su fiel secretaria, Vera Lúcia, de 60 años. Ni siquiera durante las varias internaciones hospitalarias que tuvo desde entonces dejó de dedicarse a su gran pasión de diseñar, armado tan sólo de un lápiz y un papel.
"No es el ángulo el que me atrae -explicó alguna vez-. Ni la línea recta, dura, inflexible. Lo que me atrae es la curva sensual que se encuentra en el cuerpo de la mujer perfecta."

En Rosario, un sueño pendiente

Niemeyer no pudo contemplar su única obra en la Argentina. A pesar de todas las gestiones, todavía no se inició la construcción del Puerto de la Música, un espacio de 20.000 m2 cubiertos, en instalaciones del puerto de Rosario. En 2008 fue un objetivo del gobernador, el socialista Hermes Binner, pero por cuestiones de financiamiento y disputas legales la obra sigue postergada.
El Puerto de la Música contará con sala de conciertos, escuela de música y centro de exposiciones, además de una explanada con capacidad para más de 30.000 personas. Allí se realizarán obras, recitales y espectáculos. Con este complejo, a la orilla del río Paraná, las autoridades esperan que se produzca un impacto cultural y económico como el que produjo, por ejemplo, la construcción del Museo Guggenheim, en Bilbao.

Por Alberto Armendariz
Fuente y más información: www.lanacion.com.ar

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El gran poeta de las curvas arquitectónicas

Los argentinos logramos contar con un proyecto de Oscar Niemeyer cuando el maestro brasileño llegaba al siglo de vida. Es el Puerto de la Música, el teatro rosarino que aún tropieza con escollos para su materialización. Y será el único en el país, como la mítica casa Curutchet de La Plata es el único proyecto de Le Corbusier construido en la Argentina.
La comparación no es caprichosa, ya que Niemeyer fue no sólo admirador y colaborador del maestro suizo-francés, sino el arquitecto más conceptualmente cercano a Corbu nacido en América latina. Aunque las obras de Niemeyer pasaron de la más pura adhesión al Movimiento Moderno a la poética de las curvas, él fue para los arquitectos argentinos de varias generaciones el indiscutido Corbu de la región.
Su poema a la curva, inspirada en las montañas y ríos de su país, en las olas del mar y en la mujer amada -según sus propias palabras-, y no a la línea recta, en contrapunto al célebre de Le Corbusier, era la necesaria licencia que un arquitecto obsesionado por una producción profesional cuyo valor más alto era la utilidad a la comunidad podía tomarse.
Niemeyer fue para los arquitectos de la región que desde principios de los años 50 se acostumbraron a ver sus obras en publicaciones, y luego quedaron impactados por la síntesis formal de los edificios de Brasilia, en los que rectas y curvas construían un lenguaje de tensiones esenciales, un profesional fuera de todo paradigma.
Cada nuevo proyecto que aparecía no debía perderse de vista. Así, a aquellas primeras imágenes de la iglesia de Pampulha se fueron sumando hitos como las sedes gubernamentales, la catedral y el museo de Brasilia, el de Niteroi y el que lleva su nombre en Curitiba; su única obra en España, el Centro Cultural en Asturias, y nuestro rosarino Puerto de la Música.
Su exilio a mediados de los 60 hizo notar su ausencia, aun de las publicaciones, y su retorno a principios de los 80 animó nuevamente el escenario latinoamericano. Cada nuevo gesto arquitectónico de Niemeyer era una fiesta para los estudiantes y los jóvenes arquitectos que acompañábamos no sólo la frescura de sus trazos fluidos y rápidos, que sin levantar el lápiz del papel construían el perfil de la idea del proyecto, transmitiendo esa libertad que resulta en una obra de arquitectura o una escultura-memorial.
Con su edad avanzada, fue habitual verlo entusiasta por continuar en el trabajo, no sólo de oficina sino también de obra, recorriéndolas, y presentando él mismo los proyectos ante clientes públicos y privados.
Los numerosísimos premios y honores que recibió en los últimos veinte años especialmente no llegan a describir el sentimiento de verdadero cariño -sumado a la descontada admiración- que los arquitectos de la región sentimos por quien supo vincular la humildad de su actitud como profesional y la sencillez de la mejor arquitectura con la expresividad de sus geometrías esenciales nacidas para destacarse -y fundirse a la vez- en el dilatado y vivaz paisaje latinoamericano.

Por Marta García Calvo
Fuente y más información: www.lanacion.com.ar

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Norman Foster recuerda al maestro

Conocí a Oscar Niemeyer hace tres o cuatro años en Río de Janeiro, pero fui consciente de su extraordinario trabajo hace mucho más tiempo, incluso antes de inscribirme en la escuela de arquitectura. Recuerdo el primer deslumbramiento que sentí al toparme con un estilo profundamente particular, rotundamente escultural, decididamente sensual. Resultaba ya fascinante al joven que era entonces cómo la fuerte personalidad de un hombre puede dejar su impronta en los edificios que construye.
Desde sus más tempranas creaciones, como la capilla de Belo Horizonte hasta, sus últimos trabajos, en São Paulo, pasando por la cumbre de su proyecto en Brasilia, resultan memorables del mismo modo en el que lo son las obras de un genuino artista. En su caso, porque en su trabajo el arte se marida excepcionalmente con la arquitectura para guiarnos en una hipnótica procesión por sus edificios, dotados de un extraordinario sentido monumental y una gracia fuera de lo común. Incluso los más pesados parecen flotar, pasar de puntillas por la tierra y mezclarse generosamente con el paisaje.
Una de las cosas más sorprendentes de su trabajo es la capacidad para dotar de intimidad tanto a los grandes proyectos como a los pequeños. De esto último encontré inmejorables pruebas con motivo de mi visita a su casa familiar y a su estudio. En lo personal, mi encuentro con él fue vivificante. Ya entonces había superado los cien años. Se hallaba en perfecta forma (a veces me pregunto medio en broma si el secreto de su juventud no sería su matrimonio a los 98 años con su secretaria). Compartimos una entrevista televisada y durante el tiempo que pasamos juntos dio muestras de su desbordante creatividad, intacta hasta el final, así como de un inagotable interés por las cosas y de la predisposición a compartir conocimiento con uno de sus pares.
Como sucede con los grandes arquitectos, su profesión era su modo de vida, y su pasión y sus principios, asuntos innegociables. Supo situarse desde una atalaya extremadamente personal como parte de la generación de los maestros, la de Mies Van der Rohe, Le Corbusier o Alvar Aalto. Eran hombres capaces de crear edificios perdurables, espacios capaces de movernos emocional e intelectualmente. Cualidades todas que han quedado para las generaciones posteriores como parte del legado de un hombre extraordinario.

Por Norman Foster
Fuente y más información: http://cultura.elpais.com/

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