lunes, 30 de abril de 2012

ENTREVISTA A RICARDO DARÍN, A PROPÓSITO DE "ELEFANTE BLANCO" SU NUEVO FILME


Cuando se encuentra con Perfil, tras el consabido “¿cómo estás?”, Darín sorprende: “Hace tres días que no duermo”. Su perra de dos años, una bulldog francesa, tuvo cría por cesárea. Esperaban dos cachorros, llegaron siete –a no entusiasmarse: todos tienen destinatario prometido–, y tras el parto la perrita quedó con un poco de arritmia, así que al igual que ella no se separa ni un centímetro de sus hijos, la familia Darín se turna para no separarse de la bulldog, incluso de noche. Amores. Luego, Darín vuelve a sorprender: “¿Viste la película?”. Cuando le decimos que sí, que vimos Elefante blanco –el extraordinario film de Pablo Trapero en el que compone a un cura villero, donde la villa se muestra en toda su dimensión, su miseria, su desesperación, sin maquillaje–, confiesa que él no, que Trapero no lo deja hasta el estreno.


El rol de Darín probablemente sea el mejor de su ya consagrada carrera: jamás había llegado a tanto con un ser tan pero tan distinto a él mismo, jamás había mostrado tanta furia, tanto dolor, sólo con sus ojos celestes. Probablemente Darín lo sospeche, y probablemente sospeche también que el hecho de que él se meta en una villa, que sea él quien muestra una villa para que nadie pueda aparentar que no sabe cómo es una villa, tenga peso específico.

- Tu personaje es un héroe. ¿Qué tenés vos de héroe?
—Yo soy lo menos héroe que hay sobre la faz de la Tierra. Yo soy cobarde. Si ante cada situación de la vida yo dijera todo lo que pienso, no me soportaría nadie. Yo tendría que decir lo que pienso, ser valiente, pero no podría caminar por la calle. A nosotros nos enseñaron que la mezquindad es el reaseguro, es lo que está bien. Por eso se compraron tantas rejas y tantos rottweilers.

—¿Cómo fue estar tanto tiempo en un sitio de extrema pobreza?
—Después del tercer día de laburo, me iba a casa con la sensación de haber formado parte de algo que no tenía nada que ver con mi mundo. Cuando entré en contacto con las personas, con sus historias, la sensación de distancia desaparecía, me empezaba a sentir cada vez más involucrado emocionalmente. Comencé a aprender los nombres, empezó a desaparecer la idea inicial que ellos tenían de la farándula o los famosos, y fuimos entrando en contacto como personas. Yo andaba vestido de sacerdote todo el tiempo, y se empezó a producir una situación muy extraña: pasamos a ser depositarios de reclamos, de pedidos de ayuda, a veces a ser simples oídos de sensaciones.

—¿Qué te decían?
—Una vez me pasó algo muy curioso. Yo tenía un descanso de diez minutos, me había sentado, y se me acerca un señor joven, de unos 45 años, que me dijo una cosa impactante: “Tengo un problema, ¿te lo puedo contar?”. Le dije que sí, pero si no podía ser en otro momento, y él me dijo que me esperaba. Lo miré y le dije “bueno, dale”. Me dice: “Mirá, tengo un chiquito de diez años que tiene planeada una operación para mayo del año que viene (por este año), pero tiene mucho dolor, no aguanta más, no tenemos forma de calmarlo con analgésicos, y pensé que me podías ayudar”. Yo le pregunté cómo pensaba que lo podía ayudar y él me dijo “no sé, no sé, la verdad es que no sé, pero te vi y pensé que me podías dar una mano”. Nos quedamos los dos en silencio, y le digo “no se me ocurre cómo”. El me mira y me dice “ayudame a pensar”. Yo me subí al motorhome y me quedó en la cabeza. No me pedía guita, ni laburo. El tipo estaba bloqueado por sus circunstancias. Me quedo así y agarro el teléfono y llamo al tipo que me ayuda a pensar a mí.

—¿Tu analista?
—No, no, un amigo. Juan Carr. El es medio mi chamán, saca cosas de mí que no me atrevo a sacar solo. Tiene una energía extra que no sé de dónde le viene. Está detrás de todos los casos perdidos. Salvando las distancias, me hace acordar a la Madre Teresa de Calcuta. Volviendo a la anécdota, le cuento el caso. Al rato me dice “anotá este teléfono y llamá”. Salgo y le digo al tipo “no te prometo nada, pero a lo mejor tenemos una chance en el Garrahan”. A la semana estaba en el Garrahan, y operaron al chico. No te lo cuento para mandarme la parte de que lo ayudé, porque nada que ver, sino porque lo que me impactó fue el pedido, “ayudame a pensar”.

—¿Cambió la forma en que ves la villa miseria y la pobreza?
—Aprendí que cuando decimos “villa” generalizando es un error, el 95% de las personas que están ahí son laburantes que quieren defender a sus hijos. La burguesía, en la que me incluyo, nos hace suponer que la villa es sólo un caldo de cultivo de malhechores, y eso es una injusticia. Paralelamente, nos ocurrió una cosa, que es que mucha gente de la villa trabajó en Elefante blanco. Y estaba bueno que trabajaran no sólo porque cobraban, sino porque formaban parte de algo. Las Madres del Paco nos contaban que durante todo el proceso de la película estuvieron contentísimas, porque los chicos trabajaban y no consumían paco. Ahí era donde mi cabeza empezaba a trabajar y me decía “entonces no es tan difícil como se dice, esto no es sólo un problema de guita, es de criterio y, sobre todo, de voluntad”. Se podría hacer mucho por la gente. Hacerlos sentir que pueden apostar por algo. Vos fijate que con una película hicimos laburar a toda una villa durante tres meses. Una película. ¿Y si se hace con más, y si se hace más tiempo?

—La película es una historia de religiosos en un sitio donde el habla popular diría “no llega la mano de Dios”. ¿Qué te generó trabajar con los curas villeros para armar tu personaje?
—Esta experiencia me enseñó a dudar de mi falta de fe. Me di cuenta de que la gente que no tiene nada usa la fe como una herramienta para hacer pie. ¿Hasta qué punto tengo derecho a dudar de la fe ajena? Yo soy escéptico por naturaleza. Traté de que mi mirada fuera lo más respetuosa posible. La realidad de los curas villeros, de los que están en el llano, es ésa, pensar en el otro. Yo me declaro en contra de las estructuras religiosas, no sólo de la católica sino en general, pero otra cosa son los guerreros, los que se arremangan todos los días.

—La película muestra que a la villa le da la espalda todo el mundo, tanto el político como el económico. Me decías que pertenecés a la burguesía. ¿Cómo te increpa la villa, siendo burgués?
—Yo no sé si soy burgués. Formo parte de la burguesía, que es distinto. Para pertenecer tendría que estar de acuerdo con lo que lo compone, lo cual no me sucede. Siento que el peor de los males con las villas es sentir que no hay nada para hacer. Con las villas y con todo. Yo sigo confiando en el trato humano. Desconfío de las multitudes, se manejan por otro lado. Cuando tratás con otra persona, podés ayudar. Hay que tener sentido común, sensibilidad y voluntad. Yo estoy seguro de que hay funcionarios que piensan en el bien común. Nos enteramos de los que se enriquecen y dicen una cosa pero hacen otra, pero creo que aparte de esos hay gente de buena leche, bien formada. Yo entiendo que haya mucha desconfianza, de si las cosas que damos llegarán a destino.

—Lo cual nos quedó desde las Malvinas.
—Sí, de esas colectas donde todos fuimos usados y humillados. Yo ahí participé. Fui a un programa de televisión, salí a la calle a pedir. Es una de esas puñaladas que todavía tengo en el estómago. Mi viejo me decía “aunque usted sepa que no se puede confiar en nadie, confíe igual porque si no pierde la última herramienta”.

—Las dos últimas películas de Trapero te tienen de protagonista. ¿Qué pensás de las declaraciones del director del Festival de Cannes, que dijo que salvo Trapero el cine argentino se había suicidado?
—No sé muy bien a qué se refirió Thierry. Supongo que se debe haber decepcionado con dos o tres cosas seguidas. Y algo lo comparto. Me pasa a veces que miro películas argentinas y tengo que tratar de entender cómo tantas cabezas enfocadas en la misma dirección no pudieron tener a alguien que diga “muchachos, me parece que nos fuimos a la mierda”. El cine no es de uno solo, hay muchísima gente. Y me pregunto cómo las harán. Normalmente, yo pongo dos meses el culo en una silla y empiezo a discutir con el realizador y el guionista línea por línea del guión. Cuando me convocan, lo primero que hago es preguntar por qué me convocan, quiero saber si llaman a Ricardo Darín el famoso.

—Y si te dicen que es para fortalecer la recaudación ¿qué hacés?
—Y, normalmente eso no te lo dicen de frente. Y si me dicen eso, descubro con quién estoy hablando, que cree eso que sería una pavada. Volviendo a lo del cine argentino, diría que también hay proyectos con seriedad, con gente que se viene deslomando y merece su oportunidad.

—¿Por qué le dijiste que no a Almodóvar hace un mes?
—Porque no podía decirle que sí. Yo tenía Tesis sobre un homicidio con fecha de inicio el 23 de abril y no podía abandonarla. El ya lo sabía; cuando nos encontramos en Madrid me dijo: “Yo sé que tenés esto, pero me tiro el lance igual”. Pero él podía hacer la película sin mí, y en Tesis... no podían prescindir de mí. Yo no me bajo de un proyecto en el que di mi palabra aunque no haya contrato firmado. Yo creo que Almodóvar en el fondo debe haber valorado que yo no abandonara un proyecto al que le había dado mi palabra.

EL HUMOR, EL HUMOR

—¿Cómo lograste olvidarte de tu humor para el personaje?
—Es algo que me ha pasado con muchos directores. Le tienen un poquito de miedo a mi sentido del humor, le rajan. Yo lo entiendo. Me acuerdo con Bielinsky, en Nueve reinas, en la primera reunión que tuvimos yo leí el libro –un detalle lindo es que dos actores rechazaron hacer los papeles que nos tocaron a Gastón Pauls y a mí–, y después me dijo: “Yo tengo un problema, te lo tengo que confesar: vos tenés fama de canchero, toda la gente se caga de risa con lo que vos decís, pero yo quiero que este personaje no sea simpático, que el público no tenga empatía con esta lacra humana”. Si te fijás, mi personaje tiene sólo dos medias sonrisas en toda la película, y paradójicamente Fabián tenía razón, porque la gente aun así tuvo cierta empatía con esa lacra capaz de vender a su hermana, un amoral absoluto. Cuando lo cagan a él, había una sensación de tristeza, porque esos cancheros que nos han cagado tanto en nuestro país nos gustan. En la Argentina se prefiere al canchero que al honesto.

Por Marita Otero y Diego Grillo Trubba
Fuente: Perfil
Más información: www.perfil.com


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