sábado, 9 de enero de 2010

EL MAMBO QUE A LAS MUJERES LAS VUELVE LOCAS





A principios de los años cincuenta Lima era una ciudad pequeña con servicios medianamente extendidos para las clases altas y medias. Muchos abrigaban el proyecto urbano-criollo de hacer de Lima una “ciudad jardín”, unitaria, gratificante. Cuando ya para entonces era un espacio múltiple y diverso; en donde comenzaban a activarse los poderosos fermentos que iban a cambiar absolutamente su rostro: la migración andina; la intempestiva, espontánea y caótica urbanización; el hacinamiento, las nuevas formas de conflictividad; la alfabetización como disparador de la movilidad social; la aculturización y otros fenómenos sociales trascendentes.

Detrás de su desvencijada arquitectura, bajo un cielo neblinoso que vuelve malos a sus habitantes (de acuerdo al novelista Luis Loayza) en Lima convivían la modernidad y la tradición; la pacatería y los arrebatos; las luces y las sombras de los espectáculos locos, nocturnos, cabaretescos, bohemios cuando no prostibularios. Lima, por su estratégica posición geográfica y por su propio proceso interno, devino en una ciudad divertida; donde los placeres burgueses (o clase medieros) triunfaban por sobre los vicios privados de la aristocracia. Donde la radio y el cine marcaban el paso de un proceso de urbanización que cabalgaba varios cuerpos por delante del proceso de industrialización.

Hasta nuestros poetas y pintores construyeron su propio “barrio latino” parisen en el Centro de Lima, poblado de mujeres espléndidas, hechas a imagen y semejanza de sus sueños más salvajes. Las veían caminar por las calzadas, desde las mesitas de los históricos cafés Palermo, Zela, Haití, Café de París; las veían bailar frenéticamente –tarde en la noche- en los night clubs Negro Negro, El Embassy, Las Tinieblas, El Olímpico, El Cotillón, El Palmero, El Tumi, El Chalán, el Beverly, el Monumental. Nuestras versiones de El Tropicana, El Patio, El Camerino, el Teatro Fru Fru, el Teatro Blanquita, el Teatro Esperanza Iris, El Cadillac y El 77, los “sitios” de las interminables noches en La Habana y Ciudad de México.




Aquella era una Lima barrial, “matancera”, de radioteatros y de cine mexicano; de acompasados boleros en la interpretación sentimental de Los Panchos o en la versión aguardientosa de Daniel Santos. Fue un momento de expansión económica mundial; de una maravillosa playa como “La Herradura” -el point infaltable de los veranos- con los cuerpos de mujer más turgentes y descomunales del Pacífico. Esas bañistas espléndidas que se paseaban por la orilla o por el malecón, delante de carros inmensos y cromados y de sus dueños, en quienes despertaban la libido, la angustia y el deseo. Fue aquel, un tiempo de “asistencialismo”, de “criollismo” (apachurrante, añadiría Guillermo Thorndike) donde el prestigio social provenía del ejercicio continuo del estereotipo del hombre fuerte, del pendejo, del macho (tipo el “General de la Alegría”, o sea el Presidente Dictador Manuel A. Odría). En tanto, los bajos precios de los artículos de primera necesidad, los programas de construcción de viviendas y la abundancia en general se correspondían con el resabio popular “la carne está botada en Lima”. Y es que las buenas hembras -rubias, "chinas" o morenas- se entregan con placer y frenesí a ese terrible ritmo llamado Mambo; que Benny Moré, el “Bárbaro del Ritmo”, invocaba celebratoriamente: “¿Quién inventó el Mambo que me provoca?....¿Quién inventó el Mambo que a las mujeres las vuelve locas?”.

Aquella Lima bestial no puede evocarse sin el genio y figura omnipresente de Dámaso Pérez Prado en cada esquina, en la radio, en el Cine Mexicano, en la reunión familiar, en el baile social. El Mambo, al nivel de las fanfarrias wagnerianas llenas de metales e imágenes sagradas, tuvo en las maravillosas “rumberas”, “mamberas” o “vedettes” –como quiera llamárseles- a las verdaderas valkirias de la afrocubanía. Ellas poblaron y dominaron el espectáculo latinoamericano de entonces.

La palabra "vedette", en francés, significa "estrella" de un espectáculo. Una vedette siempre es una bailarina, aunque puede también cantar, actuar, etc. Suele mostrar su cuerpo de forma sensual, pero, generalmente, procurando que no resulte pornográfico para que los menores de edad puedan asistir al espectáculo, o para que, al menos y en la medida de lo posible, nadie se escandalice demasiado. La vedette suele actuar acompañada de un grupo de bailarinas y bailarines, de actores cómicos, etc., una gran producción llena de plumas y lentejuelas. Fueron y son generalmente respetadas y valoradas como artistas, si bien de un género que suele considerarse como menor, y que no tiene un prestigio cultural comparable, por ejemplo, al ballet y ni siquiera, salvo excepciones, a la comedia musical.




En la década del cincuenta las vedettes -a las que llamaré de aquí en más “mamberas”- comenzaron a tener una presencia significativa en el show business latinoamericano. Acaso como una derivación lejanísima de las ardientes Josephine Baker en Francia, Tita Merello en la Argentina o Lillie Langtry en Nueva York, las “mamberas” fueron hijas putativas de Yolanda Ivonne Montes Farrigton, “Tongolele”, una de las hembras más maravillosas de todos los tiempos. Una belleza exótica nativa de Washington D.C, de ascendencia tahitiana y de cabellos largos, negrísimos, con un mechón cano incrustado en ellos; de inmensos ojos caramelo y caderas de fuego, “Tongolele” bailaba descalza en los mejores escenarios de los Estados Unidos cuando era una adolescente superdotada físicamente, tan pronto terminada la Segunda Guerra Mundial. Los ritmos afrocubanos que interpretaba frenéticamente decidieron a Dámaso Pérez Prado -quien por entonces se encontraba en los Estados Unidos- a reclutarla en su troupé.

“Tongolele” como casi todas las "mamberas" de aquellos años fueron actrices de cine y brillaron en los principales centros nocturnos de Ciudad de México, Acapulco, La Habana, San Juan, Río de Janeiro, Panamá, Caracas, Buenos Aires y Lima. Nombres como María Antonieta Pons, Ninón Sevilla, Rosa Carmina, Amalia Aguilar, Lilia Prado, Rosita Fornés, Meche Barba, las Dolly Sisters, fueron las principales atracciones de los cabarets de esos años. Mujeres sólidas, descomunales, auténticas muñecas de carne, de medidas infartantes, gracia y plasticidad soberana; que posesas por el demonio de la música caribeña y al son de los tambores y de las invocaciones selváticas de los músicos y cantantes llenaban de pasión las más encumbradas pistas de baile. Y, por supuesto, el corazón de los espectadores y parroquianos que las deseaban intensamente.

En Lima, también tuvimos un starsystem mambero. Derivación inevitable del cine mexicano de esos años. Todo pudo haber comenzado con los espectáculos organizados por el periodista y manager Guido Monteverde como “El Campeonato Mundial de Mambo” en la Plaza de Acho o su famoso show “Las Bikini girls”, patrocinado por el Diario Última Hora y el periodista Raúl Villarán, nuestro “Ciudadano Kane”. Ya entrados los años sesenta, los espectáculos de Guido Monteverde experimentarían una decadencia significativa. Por ejemplo el show de las “Parampampam” o las “Bim-bam-bum”, grupos de féminas opulentas, bailarinas, con una apreciable catadura nacional, que colmaron los cosos, carpas y estadios de Lima y el Perú, a juicio de César Hildebrandt no siempre estaban presentables: por ejemplo, a veces las bailarinas lucían medias de nylon rotas o sucias.



Pero hubo una primavera. Y luego del “Campeonato Mundial de Mambo” empiezan a consolidarse nombres de hembras notables, grandísimas leyendas urbanas, que marcaron un antes y un después. Tal es el caso de Betty Di Roma, la Gata, hija de un comerciante italiano afincado en el Callao quien jamás aplicó un nombre artístico. A juicio del añoso periodista Juan Gargurevich, Betty Di Roma fue la mambera más exótica y carnosa de Lima. Y junto a ella brilló “Mara La Salvaje”, cuyo verdadero nombre era Alejandrina Población (con una población de admiradores detrás de ella); o la alegre y coqueta Consuelo Loyal Cavallini, más conocida como Anakaona quien en la vida real era una contorsionista de un circo chileno. Las tres pusieron a Lima de vuelta y media -y a sus pies- con sus bailes ardientes, desinhibidos y llenos de gracia, con vestuario mínimo, lleno de brillos. Portentosas, protagonistas de romances sonados, de noches interminables, de luces de mil colores y de la alegría de los cabarets estas mujeres alternaron con otras tan espléndidas como ellas. Cito: Taboga, la uruguaya Eda Lorna, las hermanas Rivual, Maité Del Mar (striptisera española) o Teresa Dávila. Ellas fueron las diosas del amor en Lima. Y estoy convencido que no volverán.

El mambo y las “mamberas” prosiguieron por muchos años más, hasta más o menos 1965. Entonces el timming urbano era otro. La modernidad estaba asociada al rock n roll, a la nueva ola, a la canción italiana y a la balada. Como decía “Resortes”, desde entonces la juventud se olvidó de bailar por mucho tiempo. Y Betty Di Roma, Anakaona y Mara ya no tenían espacio para desplegar su belleza. Solo habitaban en la memoria y en el corazón de quienes las vieron en su esplendor, las amaron con locura y nunca las olvidarán. El espectáculo ha cambiado y debe seguir.



Por Oscar Contreras

2 comentarios:

  1. Excelente reseña...Saludos desde chile.

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  2. Excelente!!!
    Efectivamente fueron verdaderas muñecas de carne, hoy sólo de silicona.

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