viernes, 15 de enero de 2010

LA PUERTA DEL CIELO (Michael Cimino, EE.UU 1980): Ilusiones Perdidas



Entre 1837 y 1847, Honorè de Balzac desarrolla un abrumador y ambicioso proyecto literario llamado “La Comedia humana” del cual conservan las fulguraciones de lo moderno y lo reaccionario las novelas Ilusiones Perdidas, Esplendores y miserias de las cortesanas y Papa Goriot. Esa trilogía catastral, sobre las grandes actividades de la Francia del siglo XIX expresa una ambición megalómana –la de Balzac- que Thibaudet advirtió en su dudoso elogio: “La Comedia humana es la imitación de Dios Padre”.

¿Tiene que ver esta paráfrasis con La puerta del cielo (Heaven´s Gate, 1980) la maravillosa película de Michael Cimino? Creemos que sí. Primero porque Ilusiones Perdidas es una novela total, que oculta un tema, no declarado, irresistiblemente unido a lo literario: la ambición. Y La puerta del cielo es una película ambiciosa y sobre la ambición. Como Balzac, Cimino parte de un supuesto novelesco: los jóvenes que sueñan con triunfar y emerger. Como David Sechard y Lucien Chardon, los personajes de Cimino están sedientos de gloria porque desde la ceremonia de graduación en la Facultad de Derecho en Harvard, James Averill (Kris Kristofferson) y Billy Irving (John Hurt) sonríen, se divierten de cara al futuro, planeando no solo hacer fortuna sino ser éticos ante todo, irreverentes pero idealistas (advocatus, los que usan la palabra para argumentar en pro de la justicia y la equidad).

Pero las fuerzas de la Historia y de la tierra, 20 años después, los lanzan al campo, al mundo agrario que se expande en los valles y praderas de Wyoming, en los Estados Unidos, en un decurso inverso a los personajes balzacianos que enamorados de la poesía abandonan el pueblo de Angulema para llegar a París, con la esperanza de conocer a los grandes e introducirse en el mundillo de la literatura y el periodismo.



La película de Cimino, asentada en el año 1890, durante la primera oleada de inmigrantes eslavos, se apoya históricamente en la sangrienta represión de Wyoming financiada por los ganaderos y propietarios de la tierra agrupados como Stock Gowers Agricultores en contra de los “rusos” que no aportaban productividad a la región. En ese escenario, Averill/Kristofferson ha devenido en un Marshall federal viejo, cansado y apocado; que ha perdido el brillo de sus años mozos por la comodidad de una quincena; con la que aplaca sus penas de amor y fortuna; y le permite mantener su naturaleza rocosa, mineral, efecto del tiempo erosionador, que desgastó sueños e ideales; pero con las que resiste la modernidad, la reacción de los ricos, la aplanadora “pioneerista”.

Irving/Hurt, por el contrario, es el abogado borrachín, acomodado con el poder económico de Wyoming, que ha claudicado y que no puede reprimir su desdicha sino a través de las botellas de licor, en las que se ahoga día a día para olvidar y morir un poco cada vez. Porque es la única forma de ahuyentar a sus demonios -los de Harvard y Massachussetts- que lo atormentan por preferir el confort y la seguridad económica. El corporativismo de los poderosos.





La oposición entre clásicos (progresistas) versus románticos (reaccionarios), tan presente en la obra de Honorè de Balzac, se expresa palmariamente en La puerta del cielo en la ingenua inmoralidad de los más fuertes (v.gr. el ganadero que encarna Sam Waterston) que no dudan en contratar asesinos a sueldo (el gran Christopher Walken) para salvaguardar la tradición, la familia y la propiedad. Pero también esa dualidad se halla en la bravura de los “corruptos”; de los incorrectos como Ella, la prostituta personificada por Isabelle Hupert, que se sirve de la turbiedad de los tiempos, de su naturaleza compleja, para demostrar dignidad en medio de la corrupción, en medio de la tierra invadida por las masas hambrientas y extralegales que buscan pan y libertad; y que los poderosos no solo les niegan sino que los reprimen y asesinan.


Pero existe una segunda razón que liga y distancia a la vez La puerta del cielo de Grandes Ilusiones. El estilo brutal de Balzac, y el espíritu esteticista de Cimino. Ambos abordan la ambición pero utilizando instrumentos y sustratos expresivos distintos. Balzac prefiere la vulgaridad en medio de la vulgaridad. El trabajar la masa, la materia bruta y permanecer poco atento a los detalles. Cimino en cambio utiliza todas las posibilidades audiovisuales (cuadro panorámico, sonido, música, actuaciones, fotografía, composición) para iluminar a esos personajes apegados a la tierra, ricos y pobres –capaces de defenderla a sangre y fuego- y retratar con gran poder y belleza sus intereses materiales. Cimino es agrario, Balzac urbano. El escritor francés define el auge y la arrogancia de la burguesía como una clase que empezaba a tomar conciencia de su fuerza. Cimino es irresistible y maldito no tanto por la fuerza vulgar de los terratenientes, los trabajadores (El francotirador), los bandidos (El siciliano) o los inmigrantes (El año del dragón) sino por la manera como desarrolla personajes decisivos en la evolución norteamericana, en medio de amplias geografías, indómitas, agrestes (Vilmos Zsigmond) que terminan por ennoblecerlos.

La puerta del cielo es un western crepuscular y total. Que clausura un período de la Historia de Hollywood y sirve de umbral para una larga noche de “high concept”, de cine de comité y de adolescencia tardía. Dicen que existe un París de Balzac como existe un Madrid de Galdós y un Nueva York de Woody Allen. Es cierto que el Oeste Norteamericano tuvo grandes relatores y dramaturgos; estetas formidables y revisionistas inspirados. Y que esta comparación entre el escritor francés y el hoy director transexual era poco menos que antojadiza. Pero, Michael Cimino le cambió las agujas del reloj salvajemente a la “americana”: con ambición dramática, con desmesura audiovisual y traición histórica. Desde su lugar –la literatura decimonónica- Balzac hizo lo propio con su tiempo y su lugar. Pero el precio pagado fue muy alto en ambos casos. El fracaso en taquilla de La puerta del cielo, la ruina de United Artist, la incomprensión de la crítica, destruyeron al director estadounidense que nunca se recuperó profesionalmente. Balzac murió prematuramente, fatigado por la pobreza y las deudas. Tales circunstancias, conducen inevitablemente al público lector y cinéfilo por los senderos del arte maldito. Donde La puerta del cielo debe permanecer por muchos años más dentro de un “canon” excepcional, distinto. De semiclásicos que el formato DVD nos permite recuperar y revisar ventajosamente. Por suerte.



Por Oscar Contreras

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