lunes, 11 de enero de 2010

HA MUERTO ERIC ROHMER (1920-2010)






Eric Rohmer dirigió 24 largometrajes y nos atrevemos a decir que todos fueron vistos en Lima, con excepción de Triple Agente El romance de Astrea y Celadón, su último filme que tuvimos ocasión de ver en Buenos Aires el año que pasó. 
Los recordados ciclos de la Alianza Francesa; la labor encomiable de la Fimoteca de Lima (en sus dos etapas de vida) a través de su programación regular y del Festival de Cine Europeo; la actividad cineclubista; la crítica de cine atenta; y, excepcionalmente, la cartelera comercial (Cuento de Otoño y La dama y el duque) vincularon a varias generaciones de cinéfilos con una de la obras más coherentes, morales, agraciadas y graciosas del cine mundial.
Rohmer ha muerto y merece un homenaje en este Blog.
 Recordamos vivamente un ciclo completo sobre su obra programado en 1993 en la vieja Filmoteca de Lima del Museo de Arte. Aquella retrospectiva incluía copias nuevas y en estreno de Perceval El Galo, La marquesa de O El árbol, el alcalde y la mediateca.
Se puede decir que "Los Cuentos de las Cuatro Estaciones" y "Las Comedias y Proverbios" influyeron decisivamente en el trabajo de quien esto escribe. Pero si existe un filme fílico, muy importante, ese es El rayo verde; notable y natural comedia agridulce sobre las causas y azares y el amor contrariado, que nos seguirá inspirando.
Este es un obituario.

Román Gubern (*) (EL PAÍS, España http://www.elpais.com/)
Fue una de las semillas de la nueva ola francesa, pero no gozó del relumbrón que aureolaron a Godard, a Truffaut o a Resnais, que le acompañaron en su debut en 1959. Rohmer era profesor de literatura y fue captado por aquellos Cahiers du cinéma de tapas amarillas en las que se incubó la eclosión del nuevo cine francés que marcaría un antes y un después en la frontera de la modernidad. En 1957 publicó una monografía sobre Alfred Hitchcock, escrita con Claude Chabrol, que es todavía un libro de referencia. Pero El signo del león (1959), con el que se dio a conocer al público, mostró la implacable progresión de su protagonista hacia un abismo cotidiano con una mirada que hacía pensar en Balzac. Tuvo una acogida fría, porque la textura de su cine no ofrecía la brillantez formal de sus compañeros debutantes. Si Godard era un sprinter, Rohmer, el mayor de la camada, era en cambio un corredor de fondo. Y lo fue a lo largo de toda su carrera, con sus historias intimistas, con pocos personajes, tanto si trataban de la cotidianidad parisina como si su acción se situaba en épocas remotas propicias al espectáculo facilón (Perceval el Galo, La marquesa de O, Los amores de Astrée y Céladon, que fue su testamento). La crítica y parte del público empezaron a tomarle en serio cuando aparecieron Mi noche con Maud (1969) y La rodilla de Claire (1971), en parte gracias a sus actrices en estado de gracia.

Además de realizador, Rohmer fue siempre un ensayista y teórico de primera fila, como lo demostró en los años sesenta con su fecunda polémica en torno al cine de poesía (que Pasolini defendió con sus postulados de filólogo) y el cine de prosa, que Rohmer argumentó y practicó en su propia filmografía. Su prosa procedía de la gran tradición de la novela francesa, pero su cine no fue nunca literario, en el sentido peyorativo de la expresión.
Cineasta elegante y austero a la vez, orquestó su filmografía en ciclos, como el de sus "cuentos morales", sus "comedias y proverbios" y sus "cuentos de las cuatro estaciones". Había en su mirada sobre sus personajes, siempre de reacciones contenidas y nada vistosas, algo propio de la mirada del antropólogo. Esto es tan cierto que, cuando presentó en la Bienal de Venecia El rayo verde (1986), asistí en el jurado del festival a una curiosa discusión, pues algunos se negaban a premiar la película arguyendo que la crisis que vivía la protagonista en la película era su propia crisis en su vida real, lo que le restaba valor dramático. De todas maneras la premiamos y creo recordar que también a su protagonista, Marie Rivière.
Su penúltima película, Triple agente (2004), dirigió su mirada hacia la guerra civil española de un modo muy poco convencional. Fue una película incómoda, porque huyó de los himnos líricos y de los acentos heroicos y habló de traiciones y de bajezas políticas, algo que obviamente existió en nuestra tragedia política.
(*) Román Gubern es catedrático emérito de Comunicación Audiovisual en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Diego Batlle (www.otroscines.com Argentina)
Parte del clan que se formó en la Cinemateca Francesa liderada por Henri Langlois, Eric Rohmer (nacido el 4 de abril de 1920 en la región de Lorraine como Jean-Marie Maurice Scherer) fue uno de los que revolucionó -con el padrinazgo del crítico André Bazin- la manera de ver (y luego de hacer) cine, primero con la política de los autores que reivindicó principalmente en la revista Cahiers du Cinéma a grandes directores de Hollywood (Howard Hawks, John Ford, Alfred Hitchcock, George Cukor, Nicholas Ray) y más tarde con las películas de la nouvelle-vague, que ayudó a construir desde fines de los años ‘50 junto con Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Claude Chabrol, Alain Resnais y François Truffaut.

Austero y pudoroso, sabio y culto (era un viejo profesor de literatura, un erudito en música clásica con notables ensayos escritos, y un apasionado cultor de la filosofía), este enorme cineasta con look de dandy diletante bebió tanto de leves amores juveniles como de oscuros e intrincados episodios de la Historia para crear una filmografía excepcional, en la que apostó además a revalorizar el lugar de la palabra (ya sea en la discusión intelectual o en la charla más trivial) a contrapelo de un cine moderno que la ha denostado ante el poder avasallante de las imágenes.

"A mí me encanta mostrar los detalles de la vida cotidiana y no los hechos extraordinarios. Me gusta que mis películas sean comedias medias. Es decir, que estén entre lo grave y lo cómico", aseguraba este hombre que ha dirigido, escrito y producido 24 largometrajes -desde su debut en el largometraje con la mítica y vanguardista El signo de Leo (1959) hasta su despedida con El romance de Astrea y Celadón (2007)- muchas veces con presupuestos reducidos, pocas semanas de rodaje, sonido directo, locaciones reales y actores poco conocidos. Todo por sostener la más absoluta independencia.

Los cinéfilos argentinos pudieron disfrutar en estrenos comerciales y principalmente en ciclos retrospectivos (recuerdo los de la sala Lugones y el MALBA) de sus tres series de largometrajes (Los cuentos morales, Las comedias y proverbios y Los cuentos de las cuatro estaciones), así como de otros films no vinculados a grupos temáticos y muy poco difundidos como Perceval, el galo (1978), Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle (1987) o Triple agente (2004).

El cineasta definió a sus Cuentos morales como “seis variaciones sinfónicas, en las que, como el músico, varío el motivo inicial, lo ralentizo o lo acelero, lo amplío o lo reduzco, lo doy cuerpo o lo depuro. A partir de esta idea de mostrar a un hombre interesado por una mujer en el mismo momento en que va a relacionarse con otra, he podido construir mis situaciones, mis intrigas, mis desenlaces, incluso mis caracteres”. Esta serie incluyó largometrajes como La carrera de Suzanne (1963), Mi noche con Maud (1969) -para muchos su obra maestra, que fue nominada al Oscar al mejor guión y película extranjera-, La coleccionista (1967), La rodilla de Clara (1970) y El amor después del mediodía (1972).

Rohmer realizó tambien las Comedias y proverbios, que integraron La mujer del aviador (1981), La buena boda (1982), Pauline en la playa (1983), Las noches de luna llena (1984), El rayo verde (1986) y El amigo de mi amiga (1987); y los llamados Cuentos de las cuatro estaciones –su etapa más luminosa, liviana y que personalmente más he disfrutado– formados por Cuento de primavera (1990), Cuento de verano (1996), Cuento de otoño (1998) y Cuento de Invierno (1993).

Recibió, entre otros galardones, el Premio Max Ophuls en 1970, el Premio Louis Delluc en 1971, el de mejor película del Festival de San Sebastián en 1971 (por La rodilla de Clara), el Premio Méliès de 1971, el Gran Premio del Jurado en Cannes 1976 (por La Marquesa de O) el Gran Premio Nacional de Cine en 1977, el Oso de Plata al mejor director en Berlín 1983 (por Pauline en la playa), el León de Oro de Venecia 1986 (por El rayo verde) y otro León de Oro de la Mostra de 2001 por toda su trayectoria. Pueden parecer muchos, pero quizás no fueron suficientes para la dimensión de su obra.

Adiós, maestro, se lo va a extrañar. Quedan sus notables películas para seguir recordándolo por siempre.


http://www.lalectoraprovisoria.wordpress.com/  Argentina - Comment de Sebastián Sánchez
Me sumo al desconsuelo general por la muerte de Rohmer. Nos deseamos todos un pésame profundo no sólo por la muerte de un gran director, lo que es bastante, sino porque con él se acaba una forma de entender el cine y la cultura en general. Creo que muy pocos hicieron un culto tan notable a la discreción, la sutileza, la falta de énfasis en el juicio al Otro, a la Moral y al clasicismo. La gran mayoría de los directores y escritores son crispados, violentos, moralistas pero no morales, apuestan a todo o nada, a que los odien y los amen otros que los pueden considerar genios, pero Rohmer era ante todo un orfebre, plácido como un lago, vital como una adolescente de vacaciones en la playa.

Peter Bradshaw (The Guardian – UK)
Eric Rohmer's death at the age of 89 is a reminder of the incredible energy, tenacity and longevity of France's great nouvelle vague generation. Rohmer had released his last film only last year, the sublimely unworldly pastoral fantasy Les amours d'Astrée et de Céladon (The Romance Of Astrea And Celadon): a gentle, reflective movie, of course, but by no means lacking in energy or wit. And, meanwhile, Jean-Luc Godard, Agnès Varda, Jacques Rivette and Claude Chabrol — at the respective ages of 79, 81, 81 and 79 — are all still with us, all nursing projects.
Rohmer came from the New Wave tradition of critic-turned-director; he was a former editor of Cahiers du cinéma, and became the distinctively romantic philosopher of the New Wave and the great master of what was sometimes called "intimist" cinema: delicate, un-showy movie-making about not especially startling people, people often in their twenties, whose lives are dramatised at a kind of walking, talking pace. He avoided dramatic close-up, and tended to avoid music, except that that is supposed to be heard by the characters in the action from radios, for example — Lars von Trier's minimalist Dogme movement was in the spirit of Rohmer's modus operandi.

What was utterly characteristic was Rohmer's feel for what the real life of a young person — albeit a certain type of middle-class, educated young person — was like: that is, not shiny and sexy or grungy or funny, in the Hollywood manner, but uncertain, tentative, vulnerable and more often than not dominated by a quotidian type of travel: bus travel, subway travel, train travel: travel to get somewhere for the summer, or to see a girlfriend or boyfriend.

The first Rohmer film I saw was Le rayon vert (The Green Ray), with my girlfriend, when we were both students, at the old Cambridge Arts Cinema in the 80s; I thought then and think now that Rohmer's films are quintessentially studenty — in the best possible sense. Young, callow-ish people do a lot of talking, in the way we all did, about what was wrong (or right) with their lives and relationships, and about the perfect place to go for the summer. In this film, a young woman is unable to think what to do for the summer. She tries various places with various people, but always finds herself heading back to Paris, drawn perhaps to a place in which possibilities have not been thinned and options narrowed. Eventually, she finds herself at the beach, about to experience the legendary 'rayon vert', or flash of green light you can see at the moment the sun sets.

Perhaps other twentysomethings, from a later era, would be more excited about finding the perfect beach in Thailand or Vietnam, but to us impecunious 1980s students, the idea of witnessing the 'rayon vert' in Biarritz was a fascinating, exotic notion, and eminently plausible. It was as fascinating as absinthe. Yet everything was filmed in such a straightforward, realist way, and for someone in his mid-sixties, Rohmer himself had a remarkable sympathy and un-patronising interest in young people.

Later, in 1992, Rohmer would make Conte d'hiver (A Winter's Tale), as part of his 'tales of four seasons' series, about a young man and woman who have a passionate holiday romance but somehow manage to mislay each other's details and lose touch. It seems almost inconceivable in our world of social networking sites and mobile phones, but at the time it was entirely plausible, and another demonstration of Rohmer's sure touch for sensing the anxieties and dreams of un-moneyed young people, looking for love and adventure — and, as ever, having to travel banally to get it. I think Richard Linklater, in his movies Before Sunrise and Before Sunset, about a missed love-connection, was trying to channel some of the spirit of Eric Rohmer.

Rohmer's "talkiest" film is probably the one that made his name: Ma nuit chez Maud (My Night with Maud) from 1969, a black and white film that looks a little rickety now. A man is forced through snow to stay the night with an attractive stranger, and finds his resolve to marry someone else severely tested by having to sleep over in her bed. But this is not just about sex, and the lack of it, or the promise of it, but about talk, about the adventure of intimacy, and all the subtle, almost infinitesimal things we reveal about ourselves in talking.

In his later years — though perhaps Rohmer's entire mature career is one long, richly distinctive, 'late phase' — the director turned to period drama, and this is the point at which pub-quizzers may raise the question of what unites Rohmer with Christopher Nolan. The answer is that both have cast the tremendous but under-used and still under-appreciated British actress Lucy Russell. Rohmer made the French-speaking lead in his French revolutionary drama L'anglaise et le duc (The Lady and the Duke) from 2001.

And finally, there is Rohmer's remarkable last film, Les amours d'Astrée et de Céladon, a Shakespearean fantasia, a midsummer noon's reverie, conceived along uncompromisingly classical lines, and a thing of quiet joy. Along with his green ray — that flash of mystical revelation available to idealistic young people unencumbered by middle-aged banality — it is my favourite Eric Rohmer. The cinema has lost a philosopher, a quiet rhetorician and a gentle ally of the young.


Roger Ebert
We've lost a gentle and wise humanist of the movies. Eric Rohmer 89, one of the founders of the French New Wave died Monday Jan. 11 in Paris. The group , which inaugurated modern cinema, included Jean-Pierre Melville, Francois Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Agnes Varda, Alain Resnais, Jacques Rivette and Louis Malle. Melville, Truffaut and Malle have died, but the others remain productive and creative in their 80s.

Rohmer's characters arrived at moral decisions in their lives, usually through romance, often with warm humor. Few directors have loved people more: Their quirks, weaknesses, pretensions, ideals, and above their hopes of happiness. In 27 features made between 1959 and 2007, not a single Rohmer character was a generic type. All were originals.

Rohmer followed in the spirit of his countryman Balzac, mapping his works around central themes. He made six "Moral Tales," six "Comedies and Proverbs" and his "Tales of the Four Seasons," along with 11 films outside category. His films often illustrated a proverb, but it was impossible to guess which one until he surprised you at the end.

He first made an impression in America with "My Night at Maud's" (1969) and "Claire's Knee" (1970). Those "moral tales" often involved a moment before marriage when a man's thoughts turned to other tempting choices. The choices were revealed through indirection, in films ostensibly about something else. As I wrote in a 1971 review: "If I were to say that 'Claire's Knee' is about Jerome's desire to caress the knee of Claire, you would be a million miles from the heart of this extraordinary film. And yet, in a way, 'Claire's Knee' is indeed about Jerome's feelings for Claire's knee, which is a splendid knee." That unobtainable knee, for Jerome, represents all the delights he is surrendering.

Rohmer was a taste worth acquiring. Arthur Penn gave Gene Hackman this line in his "Night Moves" (1975): "I saw a Rohmer film once. It was kind of like watching paint dry." Some moviegoers might agree with that, but not Penn, whose own "Bonnie and Clyde" has been described as the New Wave washing ashore in America.

Rohmer was born as Maurice Henri Joseph Schérer. He created his professional name by combining those of the Austrian director Erich von Stroheim and the English novelist Sax Rohmer. He was the editor of Cahiers du Cinema, the legendary French film magazine which launched a generation of young critics into filmmaking, and finally followed his proteges into full-time directing in 1963.

His films usually cost little, did not have huge grosses, and were treasured for their delightful sensibility. In 2001, the year he won a rare Golden Lion for lifetime achievement from the Venice Film Festival, I wrote: "A Rohmer film is a flavor that, once tasted, cannot be mistaken. Like the Japanese master Ozu, with whom he is sometimes compared, he is said to make the same film every time. Yet, also like Ozu, his films seem individual and fresh and never seem to repeat themselves; both directors focus on people rather than plots, and know that every person is a startling original while most plots are more or less the same.

"Rohmer is the romantic philosopher of the French New Wave, the director whose characters make love with words as well as flesh. They are open to sudden flashes of passion, they become infatuated at first sight, but then they descend into doubt and analysis, talking intensely about what it all means. Because they're invariably charming, and because coincidence and serendipity play such a large role in his stories, this is more cheerful than it sounds. As he grows older Rohmer's heart grows younger, and at 81 he is more in tune with love than the prematurely cynical authors of Hollywood teen romances."

Among his best-known titles were "Chloe in the Afternoon" (1972), "A Good Marriage" (1982), "Summer" (1986), "An Autumn's Tale" (1998), "Pauline at the Beach" (1983), and "Rendezvous In Paris" (1996).

His final film was "Romance of Astrea and Celadon" (2007). Did he intend it as his last? It was a wild departure, set in 5th century Gaul and involving shepherds, shepherdesses, druids and nymphs. Yet it was a Rohmer, all right, with Astrea and Celadon destined to love but kept apart by misunderstandings, coincidences and second-guessing themselves. As always, there was a satisfactory outcome.


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