martes, 23 de marzo de 2010

EL NACIMIENTO DE EUROPA (EL PAÍS, España)


En medio de una de las peores crisis financieras y económicas de los últimos 100 años, nos disponemos a atravesar el ecuador de la presidencia española de la Unión Europea, la primera desde que se pasó de 15 a 27 miembros, y la pregunta ya no es ¿para qué sirve Europa?, sino ¿qué es Europa? Una exposición en la Biblioteca Nacional, Europa en papel, y un ensayo del historiador José Enrique Ruiz-Domènec: Europa. Las claves de su historia (RBA), intentan, cada una a su modo, responder a esta pregunta.

Lo primero que resulta obvio cuando cae el muro de Berlín y se cierra el despropósito de la guerra fría -aunque muchos se resistan todavía a reconocerlo sin tapujos- es que Europa no es Occidente. También, que hay periferias y periferias. Varsovia, por ejemplo, está más cerca de Bruselas que Madrid, y eso es algo que algunos eurócratas tardaron en asimilar.
"Europa no es Occidente", confirma Ruiz-Domènec, "puede ser occidental o no, pero su destino no puede ser occidental". La unificación de Alemania, añade, fue la unificación de Europa, en tanto que la guerra fría fue un periodo de excepción "porque fue diseñada por dos personas que, por razones obviamente diferentes, no querían que existiera Europa: Roosevelt y Stalin".

La exposición de la Biblioteca Nacional hace hincapié en la herencia de la Grecia clásica y sitúa en el Imperio Romano el punto de partida del sueño europeo. En los sistemas sociales, en el arte, en el derecho, en la literatura, en la filosofía, en la arquitectura o en los mosaicos de Pompeya. Una edad dorada que, de golpe, en el siglo V se precipita por un agujero negro -la edad oscura- que se prolonga hasta el mundo carolingio e incluso hasta bien entrado el segundo milenio, ya cerca del Renacimiento. Según esta teoría, el continente se recompone con la Ilustración.

Ruiz-Domènec, un medievalista, lo ve de otra manera. "No es Roma la que configura Europa. Uno de los prejuicios que más cuesta cambiar es la creencia de que Roma es un imperio europeo. Es un imperio panmediterráneo que perdura 10 siglos cuando en Occidente ya ha desaparecido".

¿Entonces, cuándo nace Europa? Cuando arranca la edad oscura con la caída del Imperio Romano (de Occidente). El historiador lamenta que nuestro sistema formativo no dé a ese periodo la importancia que tiene. Pocos saben quienes fueron Boecio -un Émile Zola avant la lettre-, Gregorio de Tours, Beda el Venerable o Alcuino de York, entre otros pensadores de aquel momento crucial de la historia.

Y en su libro relata cómo la multitud de pueblos que se movían del otro lado del límite que formaban el Rin y el Danubio, y cómo conocían perfectamente las ventajas de ser romanos, decidieron serlo. "La miseria no impulsa a un pueblo a emigrar lejos de su hogar, sino el deseo de imitar el mundo de los ricos", escribe. "La noche de san Silvestre del año 406 el Rin se heló. Miles de hombres mujeres y niños lanzaron los carromatos sobre el río, y el hielo aguantó. No necesitaron puentes para atravesarlo. Las tropas imperiales quedaron desbordadas por la avalancha; pero nunca sospecharon el papel que les reservaba la historia. Con ese gesto comenzaron las invasiones bárbaras en Occidente. La muralla se agrietó. Nunca volvería a restaurarse".

Fue entonces cuando nació Europa, asegura Ruiz Domènec. Y sólo un medievalista como él es capaz de explicarlo, porque trabaja con los orígenes y las raíces de forma interdisciplinaria: usando la antropología, la arqueología o la sociología.

"Europa es un juego de espacios políticos muy diversos en la que intervienen múltiples tradiciones, incluida la bizantina, que no podemos olvidar porque forma parte de un núcleo duro de Europa, que llega hasta Rusia". La historia del continente está hecha de contrapuntos y si no puede prescindir de Bizancio, menos aún de Occidente y de las dos grandes potencias marítimas periféricas: las islas Británicas y la península Ibérica. "Europa necesita seducir y evitar el aislamiento de Gran Bretaña y su escoramiento hacia Estados Unidos y también a España, que como a Inglaterra, le ha costado mucho integrarse".

¿Y la Ilustración? ¿No es ése el elemento definitorio de las sociedades europeas que nos lleva hasta el presente? Tampoco comulga del todo con esa idea. Europa sería más romántica que ilustrada. "La Ilustración francesa y alemana no se pusieron de acuerdo. El mundo de Goethe no logró establecer contacto con Les Lumières y la Revolución Francesa puso fin a los posibles contactos", explica. "De ese fracaso, el Romanticismo forma la síntesis. El Romanticismo se apropia de los valores de la Ilustración pero los subvierte. Y hoy en día el Romanticismo está en plena vigencia, lo que prueba que la Ilustración no cristalizó como los ilustrados hubieran deseado".

De ese Romanticismo salen algunos de los peores demonios de Europa. "Los fascismos son románticos, en buena parte, al menos en su caldo de cultivo: es la idea de la tierra, del sueño como terror. Todo esto no era pensable por la Ilustración, que hubiera creado otro tipo de Estados autoritarios, otro tipo de desastres si se quiere, pero no la locura del nazismo".
El Romanticismo sería el ideal sobre el que hemos construido la Europa actual. "Nos gusta el lugar que ocupa la tierra y la lengua de cada uno dentro de un cosmos más o menos ordenados; nos gustan las viejas ciudades reconstruidas, nos gusta Rotemburgo, Carcasona o el barrio gótico de Barcelona. El europeo ha creado su patrimonio cultural y nadie lo discute, pero esa reconstrucción, esa restauración de un pasado, es la antítesis del pensamiento ilustrado, que lo que proponía era deshacerse de un pasado oscurantista y construir encima de él, aun destruyéndolo. Y con el Romanticismo se cuela también la religión, el hecho religioso, que tiene ahora, en pleno siglo XXI una presencia extraordinaria. Si Jean-Paul Sartre levantara la cabeza nos tomaría por locos".

Europa, más que los Estados y los imperios, más que las religiones, son las ciudades. Y eso es algo que se ve con extraordinaria claridad en la muestra de la Biblioteca Nacional. Y Europa está construida sobre el sentido moral de los artesanos, de los constructores de catedrales, que no es una moral religiosa, sino un sentido del trabajo, de la relación humana, del imperativo categórico kantiano y del liderazgo moral de Max Weber.

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