sábado, 8 de mayo de 2010

ENTREVISTA A LA ESCRITORA CANADIENSE ANNE MICHAELS (EL PAÍS, España)


Se refiere a sus novelas como pequeñas maletas en las que aspira a meter un mundo. "Si no doblas bien las cosas, no cierran", explica Anne Michaels (Toronto, 1958). En su segunda novela, La cripta de invierno (Alfaguara), la escritora ha empacado con esmero la construcción de la presa de Asuán en Egipto, la Varsovia de la Segunda Guerra Mundial, la construcción del paseo marítimo de Saint Lawrence en Ontario y el Toronto de finales de la década de los sesenta. La historia de un joven matrimonio y de un arista polaco exiliado en Canadá envuelve estos tres lugares, estos tres momentos históricos, con los que Michaels quería arrastrar a sus lectores a un viaje alrededor del destierro, el recuerdo y la memoria. "¿Qué significa la desposesión? He tratado esta pregunta desde la confluencia de los planos histórico y personal", dice sentada en una trattoria en Toronto. "Los acontecimientos pueden ser monumentales pero los experimentamos de forma gradual. Cuando vivimos las cosas en presente, son algo distinto, gran parte de la historia ocurre en la esfera de lo cotidiano".

Michaels tiene fama de reservada. En 1986 publicó su primer poemario, al que siguieron otros dos títulos en verso. Su salto a la novela fue Piezas en fuga (Alfaguara, 1998). Con ella llegaron premios como Orange Prize y Trillium Book Award, una adaptación cinematográfica y también la atención mediática. John Berger dijo que era el libro más importante que había leído en los últimos 40 años. Aquella historia sobre un niño judío que es rescatado por un profesor durante el Holocausto, crece en Grecia y pasa su juventud en Toronto situó a la escritora en primer plano, un espacio con el que no acababa de sentirse cómoda. Las preguntas sobre su vida eran recurrentes, como también su negativa a contestarlas.

Ha tardado 12 años en sacar su siguiente novela. Durante ese tiempo, Michaels ha compaginado la escritura con su trabajo en un programa de posgrado en la Universidad de Toronto, en el que ayuda a un estudiante por curso a terminar el borrador de una novela -"necesitas escuchar con mucha atención, pero resulta maravilloso ayudar"-. De madrugada, entre la una y las cinco, se volcaba en su propia tarea. "Lo cierto es que esto me ha permitido disfrutar de mis hijos sin interferencias. Cuando escribes sobre el dolor y la pérdida, de alguna manera quieres tener un coto separado".

Ajena al entusiasmo olímpico que a finales del pasado febrero inundaba Canadá, la escritora mantiene un halo de timidez y reserva, vestida con un gran abrigo negro, su cara enmarcada por la larga melena de rizos. Baja la mirada buscando la palabra adecuada para cada respuesta. Dice que mientras escribe sólo lee libros de no ficción que le permiten profundizar en temas relacionados con sus personajes. "Nunca siento que he investigado lo suficiente". Datos de botánica, ingeniería o arte aparecen ensartados como las cuentas de un collar en La cripta de invierno. La información actúa como metáfora y su potente onda expansiva hilvana la trama, lo particular y lo general, la difícil travesía de una pareja y la destrucción definitiva de una historia.

PREGUNTA. Sus dos novelas comparten los escenarios de Varsovia y Toronto. En la primera añadió Grecia y ahora Egipto. ¿Por qué?
RESPUESTA. En La cripta de invierno hablo de la construcción de la presa de Asuán, con la que arrancó un periodo en el que este tipo de infraestructuras eran consideradas como sinónimo de progreso. Los nubios fueron desterrados y una nación entera desapareció de la faz de la tierra. Es un ejemplo profundo de desposesión.

P. El exilio definitivo.
R. Sí, hoy en día miles de personas no viven en el lugar donde nacieron, han sido desplazadas por motivos económicos, por guerras o desastres naturales. Es algo tan común que casi resulta banal señalarlo, pero se trata de un fenómeno reciente. Todos los personajes del libro se enfrentan a esto y me centro en ejemplos que están lo suficientemente lejos en el tiempo para que los respetemos, pero que no son remotos. He intentado entrar en esta cuestión desde el mayor número de planos posible.

P. ¿Cómo los fue conectando?
R. No me interesan las comparaciones sino las relaciones. La conexión tenía que establecerse a un nivel profundo y tienes que cavar muy hondo para encontrar las corrientes subterráneas. El significado de los hechos está ahí.

P. La estructura de la novela parece acercarla a uno de sus protagonistas, al ingeniero Avery.
R. He tratado de crear un ritmo, de acercarme más y más al lector y luego retirarme para volver a sumergirle en la historia. En sus obras, Bertolt Brecht te conduce a un terreno cargado de emociones y luego saca la pancarta y lo intelectualiza. Yo quiero mezclar las dos cosas, crear el ambiente para fundir pensamiento y emoción.

P. ¿Cómo ha influido la poesía en su trabajo como novelista?
R. Un poeta sabe que ninguna palabra debe ser desperdiciada y esa es mi escuela. Cuanto más inexpresable es algo más preciso debes ser. Luego está el poder de las imágenes que, como ocurre con la música, te llegan antes de que puedas defenderte. Una imagen primero te golpea y luego te hace pensar. Creo que lo sentimental y lo intelectual deben estar completamente unidos.

P. ¿Cómo surgen sus novelas? ¿Cuál es el principio?
R. Un libro me lleva a otro. Pienso en una serie de ideas y luego encuentro una imagen que lo contiene todo. En este caso fue la vista del templo y de Avery pintando el paisaje en la espalda de Jean, su mujer.

P. ¿Y los personajes?
R. Los tres principales de esta historia surgieron casi simultáneamente. Es como el amor a primera vista, cuando ves a esa persona piensas que lo sabes todo, pero con el paso del tiempo descubres más y más cosas. Los personajes me ayudan a caminar y adentrarme en las preguntas. Jean, la protagonista, se reconcilia con su pérdida al escuchar a Lucjan. Algo íntimo es al final compartido por mucha gente que ha experimentado algo parecido. Pero, ¿qué significa esto, se trata de solidaridad o de desposesión incluso de nuestros propios sentimientos?

P. Jean es huérfana de madre, al igual que uno de los personajes de su anterior novela.
R. En cualquier reflexión sobre la pérdida es necesario tratar esto. La máxima desolación de la guerra son los niños que se ven forzados a agarrar la mano de un extraño. Eso es lo que resuena en la orfandad. En el caso de Jean, el libro entero trata del efecto que en ella tiene esa experiencia, que condiciona su vida, su relación con Avery, todo.

P. Avery recuerda que su padre le enseñó que el reordenamiento de las piezas plantea nuevas preguntas. ¿Es esta la misma filosofía que usted aplica a su trabajo?
R. Se trata de ver de nuevo, de pensar, de sentir y que todo ocurra al mismo tiempo. Cuando colocas las cosas en un orden determinado permites que eso ocurra. Uno de los personajes de Piezas en fuga se preguntaba cómo puedes odiar todo lo que procede del sitio de donde vienes y no odiarte a ti mismo. Esta pregunta quedaba en el aire y Lucjan la retoma en La cripta de invierno.

P. Lucjan, el artista polaco exiliado en Toronto. ¿Por qué regresó a Varsovia?
R. Porque su historia es conocida. Esa ciudad, como la reconstrucción del templo de Abu Simbel en Egipto, abre la cuestión de la reconstrucción y el recuerdo. ¿Cómo recordamos públicamente? ¿Cómo honramos la memoria?

P. El peso de la historia y el recuerdo, desde lo general a lo particular.
R. Sí, en la novela hay una escena en la que una joven rechaza el paquete que su madre quiere entregarle con fotos y cosas de su casa. ¿Cómo debemos vivir? ¿Aceptamos el paquete o lo rechazamos? Lo cierto es que nunca podemos realmente empezar de nuevo. Nuestras vidas están en nuestros cuerpos. A veces los muertos descansan y otras veces no. Esa es la metáfora de la novela. Cada comunidad trata esto de una manera distinta.

P. ¿Conoce Egipto?
R. No lo he visitado porque recreo un espacio que ya no existe. ¿Cómo recordar sin tener la experiencia directa? Me refugio en fotos, textos, cartas, música. A veces la memoria es una forma de olvido. No puedes resucitar a los muertos, ni el pasado, porque si intentas traerlo de vuelta lo estás borrando. El recuerdo nos lleva al futuro.

P. La cripta de invierno trata la destrucción a partir de tres casos ejemplares, pero lo cierto es que cualquier ciudad o pueblo tiene hoy poco que ver con lo que era hace cincuenta años.
R. La vida siempre cambia y la nostalgia es parte de nuestra existencia. Pero esto no hace sino enfatizar la necesidad de reflexionar sobre ello, trátese de la pérdida de un niño o de una nación entera. Cualquiera que haya enterrado a un ser querido sabe que a partir de ese momento la relación con la tierra cambia. ¿De dónde somos, del lugar donde nacimos, donde nos entierran, donde nacen nuestros hijos?

P. ¿Qué ha dejado fuera de esta novela?
R. Mucho. La contención es muy importante. A los lectores hay que darles lo suficiente para que entiendan lo que ocurre, pero nada más. Esto te lleva a preguntarte, por ejemplo, ¿cómo narrar la historia de un matrimonio? Uno puede contarlo todo o respetar una verdad esencial como que, al fin y al cabo, se trata de un acto privado entre dos personas, de un misterio. Los grandes actores saben que si quieren mantener al público atento no deben gritar sino susurrar.

P. A pesar de la brutal destrucción que describe, mantiene un tono delicado.
R. La escritura violenta no es más realista. Más que forzar al lector a que quite la vista, yo quiero tenerle tan cerca como sea posible durante el mayor tiempo posible.

P. Ha pasado 12 años trabajando en el libro. ¿Llegó a pensar que no lo terminaría?
R. Hay momentos de desespero. Al escribir sólo encuentras solaz cuando pones a prueba tu fe. No quiero abandonar a mi lector en el abismo. Me preguntaba si sería capaz de encontrar el camino que me llevaría al otro lado. Arrepentimiento, pérdida, culpa, dolor, eso es la mitad de la historia, no el final. El reto es alcanzar una resolución profunda y no dar simplemente con algo conveniente para completar la trama.

Sentada en una mesa al fondo del local, frente a una taza de té, Michaels habla del amor: del que experimentan sus personajes -"aman como pueden"-, de las causas que lo vuelven posible o imposible -"amamos a través de gestos"- y del papel que en él juega el azar -"alguien se cambia de mesa y eso puede volver del revés tu vida"-. Dice que hay que escribir desde el corazón de las cosas. Esa es la ética que dirige su trabajo. ¿Y qué hay de su vida que protege con tanto celo? "No quiero ponerme por delante, cuando tratas con temas que la gente ha vivido debes honrar su historia", sonríe. Se despide con una última pregunta: "¿Qué quieres saber?".

La cripta de invierno. Anne Michaels. Traducción de Eva Cruz. Alfaguara. Madrid, 2010. 360 páginas. 18,50 euros.

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