sábado, 19 de noviembre de 2011

LOS DOS BRASIL (Escribe Alfredo Barnechea, Revista CARETAS)

 
 
http://www.caretas.com.pe/Main.asp?T=3082&S=&id=12&idE=976&idSTo=0&idA=55717
Como tantos latinoamericanos, descubrí más bien tarde Brasil, en comparación con un temprano contacto con otros países latinoamericanos. Creo que fue Alberto Ulloa Sotomayor quien dijo que éramos como hermanos siameses: pegados pero de espaldas, vecinos que se desconocían.
Cuando lo descubrí, y comencé a leer extensamente sobre el inmenso país-continente, quedé fascinado con él.
He vuelto una vez más a Brasil, con ocasión de la reunión anual del Foro Iberoamérica, que se realizó este año en Río de Janeiro.
La infinita belleza de Río. Uno logra imaginar la maravillada sorpresa de la corte portuguesa, que había abandonado la península ante la invasión napoleónica, y había cruzado el Atlántico escoltada por navíos ingleses, al llegar a la bahía de Río.
Mucho más tarde, Alfonso Reyes, como embajador mexicano, vivió encantado en la Rúa de Laranjeiras, y cuando Lázaro Cárdenas lo llamó para que dirigiera lo que sería el Colegio de México, el humanista regiomontano casi no quiso regresar.
Ya se han cumplido cincuenta años de la prodigiosa creación de Brasilia. Nadie pensó que Kubitschek lograría hacerla, y menos en el apretado lapso de tres años. Cuando la visitó, Malraux exclamó: “¿Cómo lo han hecho? Estas obras sólo las han hecho faraones”. Si uno conoce Río, comprende la resistencia de diplomáticos extranjeros y congresistas nativos a mudarse al todavía deshabitado y agreste Planalto y abandonar el jardín de las delicias.
Pero Brasilia catapultó la ocupación del Planalto, la verdadera integración de Brasil, hasta entonces confinado a un triángulo más bien costero cuya más remota extremidad era Minas Gerais.
Todo el siglo XX Brasil creció, pero fue sobre todo a partir de los cincuenta, de ese vertiginoso periodo de Juscelino Kubitschek, el mestizo mineiro que había estudiado en París, donde había sido compañero de cuarto del pintor Cándido Portinari, cuando el desarrollo industrial de Brasil se disparó.
El ritmo de ese crecimiento se interrumpió durante los ochenta y parte de los noventa, pero en esta década, estimulado por la gigantesca demanda china, Brasil se parapetó en las cimas del mundo. Quinto país de la tierra por territorio y población, es hoy la octava economía del mundo por poder de compra.
Sigue siendo un país de contrastes. Algunos lo llamaban, debido a sus abismales desigualdades, “Belindia”, una paradójica mezcla de Bélgica e India. Esta visita, sobre todo porque estaban con nosotros figuras claves brasileñas (por ejemplo la gran escritora Nélida Piñón, o João Marinho de Globo, o Arminio Fraga), uno pudo asomarse y penetrar mejor en algunos de esos contrastes.
En pocas palabras, hay como “dos” Brasil.
Uno es “moderno”, en la punta de los intercambios mundiales. Con empresas de calidad mundial, como Petrobras y Embraer y como buena parte de las que se reúnen en la FIESP, la federación industrial de São Paulo. Con innovación, como la industria del etanol, prácticamente una invención brasileña, o Embrapa, el gran centro de investigación para la agricultura.
Pero hay otro país en la sombra, con muchos de los defectos del Tercer Mundo (que incluye también, como se sabe, cleptocracias africanas). Un país proteccionista. Un país con déficit de infraestructura de calidad. Y un país con grave corrupción.
Fernando Henrique Cardoso acaba de escribir un artículo devastador, que en esencia dice que si bien la corrupción no es nueva, ahora se ha convertido en un sistema para la “gobernanza”. Brasil es un complicado régimen de coalición, y el apoyo parlamentario depende del reparto de cuotas en la administración pública, desde la cual se distribuyen favores –y contratos. Lula ha presidido un periodo de extraordinario optimismo, e inclusión, en la historia brasileña. ¿Pero corrigió, o empeoró, ese sistema?
La geografía, que es el factor constante de la historia, hizo a Perú y Brasil vecinos para siempre. Compartimos la gran plataforma sudamericana, que podría ser a mediados de este siglo uno de los factores estratégicos en el mundo (con la mayor parte del agua dulce del planeta dentro de ella, por ejemplo). ¿Pero con cuál de estos dos Brasil nos relacionamos? ¿Con la nación moderna que puede ayudar a tecnificarnos, como parece estar en camino de hacerlo Petrobras con Petroperú, o con los hábitos opacos y arcaicos, de contratos a medianoche, que acaban de fracasar en Bolivia?
Brasil es, qué duda cabe, fascinante. Pero las relaciones entre Estados no se guían por los deslumbramientos sino por los intereses, según la célebre consigna de Palmerston. Y en el caso de Brasil, junto con las grandes sinergias que la geografía nos proporciona, hay necesidad de un equilibrio permanente, como debería recordárnoslo lo que nos pasó con el ilustrado barón de Rio Branco. Si los países andinos estuvieran más unidos, ayudarían en esa tarea, y podrían actuar de bisagras entre los dos grandes poderes del hemisferio (y China, que acapara nuestras materias primas). Por ahora solos, tratemos de usar al país moderno y contener al segundo. 
(Por: Alfredo Barnechea)

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