miércoles, 11 de agosto de 2010

LA PESADILLA DE NOLAN, escribe Sergio Wolf (*) - www.otroscines.com


Parece que la industria y un sector de la crítica de cine quieren convertir a Christopher Nolan en el nuevo Stanley Kubrick. No me parece imprescindible, pero es un deseo que se renueva periódicamente: ya lo intentaron con M. Night Shyamalan, si bien con éste quizás la ambición era más encontrar un “Orson Welles dócil” (perdón por el oxímoron), por aquello de que también actuaba, en fin…, viendo los resultados sólo lograron la parte "dócil". Lo cierto es que Nolan parece designado como el artista total, The Chosen. Veamos:

-Escribe sus propios guiones. Pareciera que esto todavía sigue siendo un valor, como si la lección de Hitchcock-Hawks no fuera suficiente para derribar este absurdo de que un director es más personal porque escribe o “firma” sus guiones. Casi todos los peores cineastas de la historia del cine escribieron sus propios guiones;

-Se supone que tiene un mundo. Siempre el tema de los héroes enfrentados con su espejo invertido (literal, imaginario: de su Batman, el Caballero de la Noche a El origen), siempre la cuestión del recuerdo o el sueño como sistemas que apresan y que terminan originando tramas en las que los protagonistas luchan por escapar (Memento: Recuerdos de un crimen, Noches blancas, El gran truco y ahora El origen);

-Hay una idea trascendente, en su cine, según se desprende de gran parte de las opiniones de los críticos más influyentes, y no sólo en Hollywood. Sus películas tendrían un plus, un algo más que las resguarda de los productos rutinarios, porque se ocupa de los Grandes Temas, así, en mayúsculas, alla Shakespeare;
Quizás sea cierto que su cine tiene todo eso, pero no creo que tener todo eso le dé un valor singular a su obra. Nolan quizá se parezca a Kubrick en la fatuidad del gesto altisonante, en el deseo de convertirse en un genio automático e indiscutido, en el modo en que se construye como “distinto” y, por lo tanto, frente al cual la mediocridad de la industria le debe genuflexión y veneración, en el afán por llegar antes a las novedades e impactar desde el lugar del pionero. (Paréntesis: Kubrick, dicho sea de paso, es un cineasta que convendría revisar. Tengo la impresión de que es de esa clase de “cineastas grandes” cuyo cine se ha beneficiado de un stamping de autoría y de lucha contra la homogeneidad, pero que pocos vuelven a ver, y que es más defendido por cineastas que por críticos, justamente porque representa “el caso” de quien logró imponerle condicionamientos a los grandes estudios y hacer películas enormes).
Pero en su pomposidad y su grandeza impostada, El origen es una película minúscula, ahogada en alegorías elementales y explicadas (el ascensor, ay…), para peor, con las declaraciones de Nolan sobre Borges (y empieza con la imagen del laberinto, como en una versión vernácula)… El sistema de los sueños como compartimentos a los que se accede como si se trataran de las gavetas del científico, o las góndolas de un supermercado, de las cuales es posible servirse “recuerdos”, se vuelve mecánico y los finales paralelos sucesivos (con la insufrible cámara lenta del vehículo cayendo) no hacen más que comprobar esa idea de mecanismo, de piezas que deben encajar.

Nolan demuele las inquietudes que esa frontera (lo real, lo onírico) permitía, las achata, volviéndolas un mero puzzle (¡¡¡¡el trompito!!!!!). Porque sus materiales nunca se le resisten, ni hay jamás un personaje o una situación que se alejen del tono grave, al tiempo que la indiscutible, imperdonable falta de sentido del humor vuelve a las películas máquinas reticentes a toda clase de gesto humano. No puede ser más pertinente la diferencia con los dos grandes David: Lynch (universos imaginados percibidos como universos reales) y Cronenberg (universos sociales percibidos como universos individuales).

Lo que en los David se vuelve inimitable no es tanto el estilo -a estas alturas ya lejos de lo que dictaminó Edwin Panofsky- sino, precisamente, la manera en que Lynch y Cronenberg procesaron la historia del cine, sus maneras de construir artefactos únicos en los que se desaprende el lenguaje (el fin del “alfabeto” o su “borramiento”, como decía Michel Chion de Lynch) o en los que todo es llevado a una dimensión extrema y casi intolerable (trama y lenguaje no se escinden en Cronenberg, y eXistenZ es el film definitivo, la comprobación más perfecta y demencial de esta idea, y, de paso, el más lynchiano).

Cine muerto, cine de guión, sistema de cajas chinas o baúl sin doble fondo -ya que literalmente no hay fondo-, El origen es un poco como El club de la pelea, de David Fincher, en tanto exploración de una virtualidad que no hace sino desnudar sus límites. Es la misma idea de que el sentido se manifiesta en capas, y que los personajes y sus avatares cumplen un recorrido que consiste en pasar de una capa a otra, de un espacio a otro, de una dimensión a otra, de un conflicto a otro (aquí: el matrimonio, ser padre o ser hijo, y especialmente cómo sobrevivir en este mundo). Nolan piensa que el cine es una materia domesticable.

(*) Director del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente -BAFICI, crítico de cine y realizador del documental "Yo no sé que me han hecho tus ojos".

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