domingo, 3 de octubre de 2010

ELLA, escribe Ricardo Bedoya (Diario EL COMERCIO)


“Ella”, de Francisco Lombardi, es una película con tres personajes que, a su vez, está dividida en tres partes. En la primera, se resuelve de modo inesperado la relación amorosa que mantienen los personajes del pintor, encarnado por Paul Vega, y de Luna, su esposa y modelo, interpretada por Patricia Garza; en la segunda, seguimos a Vega en el tránsito de su obsesión con un tercer personaje, Rómulo Assereto; en la parte final, se confrontan Vega y Assereto. Empecemos por lo más logrado: el segmento central y silencioso de la película. Es decir, las secuencias que muestran a Paul Vega solo, mientras limpia las huellas del accidente, cubre de hielo el cuerpo, deambula por los ambientes de su casa, investiga, recorre la ciudad, persigue y encuentra a su rival. Pero, sobre todo, manipula el teléfono celular, revisa los contactos fotográficos, mira los videos que registran la imagen de Luna, encuentra a su presa en Internet. Son los momentos más logrados porque apuntan el suspenso, fluyen y muestran a un Paul Vega en forma, concentrado en su espacio inmediato, en una pose contraída, como agazapado en un entorno que se estrecha sobre él a pesar de abrirse a la amplitud de la ciudad. Son también los momentos en que la película sugiere asuntos sin mencionarlos, explicarlos ni pregonarlos.
Las tensiones entre los personajes reflejan tres modos de representación visual en conflicto: la del pintor que busca inspiración en el gesto intenso y expresionista que se le escapa; la de la fotógrafa que busca contrastes y matices en el acucioso revelado de un negativo de sustento químico, una práctica que se extingue; la del diseñador publicitario que más que inspiración busca una pragmática motivación y recusa el egoísmo de los artistas. Es una trama de desacuerdos silentes que van más allá del desamor y de los celos. Están basadas en diferencias de formación, edad, percepción, relación con los objetos que intermedian su arte, su comunicación y su afectividad. El pintor y la fotógrafa trabajan con impresiones, con vestigios, y están “derrotados” por técnicas que se transforman hasta cambiarlos a ellos mismos. El “triunfador” publicitario, en cambio, cree que el mundo virtual lo resume todo, hasta que se derrumba. Enfrentado a una realidad contundente, solamente atina a temblar y gritar para, luego, darse cuenta de que ha sido incapaz de percibir los detalles de la singularidad del cuerpo de Luna: los lunares de su objeto de deseo.
“Ella” retoma asuntos que Lombardi ha tratado una y otra vez: la confrontación entre hombres desestabilizados por la intervención de una mujer (“Los amigos”, “Bajo la piel”, “Pantaleón y las visitadoras”), el ‘huis clos’ que apura el estallido de las crisis dramáticas, entre otros. Con esos elementos mantiene casi cuarenta y cinco minutos de narración visual, lejos de su interés por trabajar los diálogos. Se interna en un terreno nuevo, y eso es interesante.
Sin embargo, ese segmento de la cinta está precedido por un inicio fallido. El largo plano abierto que muestra la ruptura de la pareja, con la profundidad del campo visual marcada por las diagonales del espacio, se ve como una construcción laboriosa pero inerte. Garza carece de la intensidad capaz de justificar la extensión del plano. Tampoco ayudan las imágenes cercanas de los ojos de los actores, enfáticas y chirriantes. La confrontación final tiene un buen momento de diálogo (el de los lunares), pero cede a la tentación explicativa, intentando redondear a través de las palabras la fábula del pintor egoísta y Pigmalión ensimismado que la acción visual ya narró.

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