domingo, 24 de octubre de 2010

UMBERTO ECO x 2


ENTREVISTA A UMBERTO ECO
EL ESCRITOR Y SEMIÓLOGO, AUTOR DE “EL NOMBRE DE LA ROSA”, HABLA DEL LIBRO IMPRESO, LA SEMIÓTICA, LA FILOSOFÍA Y LA TRADUCCIÓN.

Por Por Eric Fottorino - Le Monde y Clarín.
Traducción: Cristina Sardoy
Fuente: diario "Clarín"
Más información: http://www.clarin.com/

Cuando se dice “Umberto Eco”, ¿de quién se habla: de un escritor, de un semiólogo? “Yo estudié filosofía. Por lo tanto me considero un filósofo, sobre todo porque considero que la semiótica es la única forma de filosofía posible en este momento – todo el resto es literatura”, se define a sí mismo, y provoca, el autor de El nombre de la Rosa y El péndulo de Foucault, nacido en Italia en 1932. Y enseguida refiere a su otra vocación, la literatura: “Yo soy un filósofo que hace filosofía de lunes a viernes y que, los fines de semana, escribe novelas… desde la edad de 48 años”.

- Es un joven novelista…
- La editorial de Harvard va a publicar conferencias que di en Atlanta sobre la forma en que escribo. El título es “Confesión de un joven escritor”. Sí, me considero un joven escritor de 30 años.

- En una entrevista afirmó: “Internet es el escándalo de una memoria sin filtro, donde no se distingue el error de la verdad”.
- En el futuro, la educación tendrá como objetivo aprender el arte del filtro . Ya no hace falta enseñar dónde queda Katmandú o quien fue el primer rey de Francia, porque eso se encuentra en todas partes. En cambio, habría que pedirles a los estudiantes que analicen quince sitios para determinar cuál es para ellos el más confiable. Habría que enseñarles la técnica de la comparación.

- En 2010, publicó “Nadie acabará con los libros”, con Jean-Claude Carrière (Lumen). - - Si leí bien, hay un objeto de perfección que es el libro, el libro de papel tal como lo conocemos. ¿Por qué? Es hasta el momento la manera más segura de conservar y transmitir la información. Por tres razones. En primer lugar, creo que es el más práctico para leer, aunque ahora haya jóvenes que dicen: “No, yo leo mejor en el iPad”. Después, está el amor por el objeto. Si voy a mi sótano y veo mi “Pinocho” de cuando tenía 8 años y en el que había escrito cosas, me vuelven emociones que no encuentro en un disco que contiene el texto de Pinocho. Por último, teniendo en cuenta mi edad y si hubiera existido, no podría recuperar el disco de Pinocho porque se habría desmagnetizado. Eso es un problema: las computadoras cambian tanto que no sabemos cuál es la vida útil de un disco… ¿Considera que el saber y el conocimiento siempre se difundirán a través de lo escrito, o que en cambio la cultura de la velocidad, la de Internet, terminará afectando nuestra capacidad de juicio? Creo que es necesario restablecer una cultura de monasterios, que en algún momento –yo ya me habré muerto, quizá– los que sigan leyendo tendrán que retirarse a grandes falansterios, al campo quizá, como los Amish de Pensilvania. Allí, se conserva la cultura y el resto, que flote como pueda flotar. Con 6 mil millones de habitantes en el planeta, no se puede pretender que haya 6 mil millones de intelectuales. Debemos ser un poco aristócratas desde ese punto de vista.

- ¿En qué cree usted hoy? ¿En la escritura, en los libros, en la cultura?
- En el punto de interrogación. En la investigación. Mire, los primeros, en el siglo XIX, que tomaron en serio el espiritismo no fueron los místicos sino los hombres de ciencia. Encontré a matemáticos y lógicos que de noche iban a hacerse leer las líneas de la mano. Cuanto más se desarrolla un trabajo científico, más se necesita otra cosa. Hay políticos que piden su horóscopo. Bush por ejemplo… ¿En Italia también? Actualmente, prefieren salir con chicas jovencitas.

- ¿Qué relaciones tiene con las traducciones de sus libros a otros idiomas, en la medida que, precisamente, usted habla esos idiomas?
- En lo posible, trabajo mucho con mis traductores. Pero hay que confiar. Es imposible seguir todo. Para cada libro, envío siempre a los traductores un legajo muy rico donde aclaro que una palabra o una frase determinada es “una alusión a”, que se podría decir de tal o cual manera. Por ejemplo, en La isla del día de antes (Editorial Lumen), todos los capítulos tenían el título de un libro del siglo XVII. Y esos libros existían en todas partes. Entonces les di la lista a los traductores.

- Es lo que usted quería decir al escribir ese libro que se titula “Decir casi lo mismo” (Editorial Lumen). ¿Lo que importa es el “casi”?
- No, lo que importa es el “casi”, el “decir” y “lo mismo”. ¿Qué es lo que se traduce? ¿La superficie literaria o el sentido profundo? Un ejemplo trivial: hay un personaje imbécil que hace un juego de palabras, una ocurrencia que demuestra lo imbécil que es. El problema no es traducir ese juego de palabras literalmente, sino encontrar un juego de palabras imbécil en su propio idioma. En ese caso, lo importante no es el juego de palabras, sino el hecho de que el tipo es un imbécil.

- ¿Ya sintió la tentación de escribir en otro idioma que no sea el suyo?
- Sí, he escrito muchos ensayos en inglés. Directamente en inglés. Sucede vez más. Todos los científicos escriben en inglés.

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EL ARTE DE CONTAR LO QUE EN REALIDAD NO LE IMPORTA A NADIE. ESCRIBE UMBERTO ECO EN EL DIARIO `CLARÍN`


MUCHOS PERIODISTAS EN TODO EL MUNDO SE GANAN LA VIDA NARRANDO ANÉCDOTAS MENORES.

Por Umberto Eco, ESCRITOR ITALIANO - Copyright U. Eco / L’Espresso, 2010.

Fuente: diario Clarín
Más información: www.clarin.com

¿Quién es el misterioso compañero de almuerzo con el que yo fui visto recientemente por un periodista? ¿Y por qué estábamos comiendo en un restaurante chino? ¿Qué planeábamos nosotros, los llamados miembros de la “élite liberal”? Al parecer, estas son preguntas candentes que los lectores de diarios necesitan ver contestadas .
Me explico: encontré un artículo publicado por Il Giornale el 13 de julio. “Al profesor le gusta la cuisine de fusion ”, escribe el periodista anónimo. Continúa: “Umberto Eco, el punto de referencia del pensamiento izquierdista, fue visto el sábado pasado en Milán almorzando con un acompañante desconocido en un restaurante de especialidades asiáticas en la via San Giovanni sul Muro. Un lugar sobrio pero ciertamente no exclusivo. Su menú sumó clásicos: arroz cantonés, fideos de soja con curry y pollo con vegetales y brotes de bambú. Comer torpemente con palillos debe ser una pasión común entre la élite liberal. De hecho, el mismo restaurante también acogió recientemente a otro cliente de alto perfil: Guido Rossi, el muy conocido jurista, ex senador, ex presidente de Telecom Italia y comisionado extraordinario durante el escándalo de partidos de fútbol arreglados de 2006. China se está acercando. Todo lo que tenemos que hacer es poner otro lugar en la mesa”.
Nada hay de extraordinario en este reportaje; después de todo, muchos periodistas en todo el mundo se ganan la vida narrando anécdotas menores. El anónimo periodista casi debe haberse caído de su silla al pensar que se había topado con una primicia extraordinaria que cambiaría el curso de su carrera.
Para mí, sin embargo, no hay nada más normal que comer en un restaurante chino y nada extraordinario hay en que Guido Rossi haga lo mismo. Así que, ¿por qué se molestaría alguien en publicar un artículo de tan escaso interés? Permítanme adivinar. En primer lugar, es una práctica común -pero poco limpia- generar sospechas, aunque sólo sean vagas, acerca de quienes no comparten tus propias ideas .
No hace mucho tiempo, un canal de TV del primer ministro Silvio Berlusconi hizo seguir al juez Raimondo Mesiano, que había fallado contra él en un caso de soborno. La red filmó secretamente al juez mientras paseaba, fumaba unos cuantos cigarrillos, iba al peluquero y finalmente se sentaba en el banco de un parque, revelando a los espectadores que vestía calcetines largos color turquesa.
El comentario sobrepuesto a las imágenes describía estas acciones como “extrañas y excéntricas”, prueba de que no podía estar en sus cabales.
¿El canal de televisión difamó técnicamente al juez? No. Pero, ¿por qué se tomaría alguien la molestia de informar sobre las rutinas y vestimenta del juez, como si nos estuvieran enviando un mensaje en clave ? Esta es una técnica periodística que tiene escasas probabilidades de ganar un premio, pero podría tener un impacto diferente.
Allá en las oficinas de Il Giornale, los editores interesados en saber dónde almorzaba yo probablemente estaban pensando en cómo influir en votantes de una cierta edad : los que pueden comer sólo un poco de espagueti sin salsa y que se sentirían horrorizados por la noticia de que uno de sus compatriotas había optado por comer como los chinos, con su infame gusto por monos y perros. O quizás el segmento que tenían en mente eran aquellos que viven en alguna aldea remota donde nadie ha visto un restaurante chino; o quienes creen que el uso de palillos es “una pasión común entre la elite liberal”, mientras que la gente decente emplea cuchillos y tenedores como les enseñó su madre; o incluso aquellos que piensan que Mao todavía gobierna China y que comer alimentos chinos significa proclamar, como lo hace el título de una película de 1967, que “China esta cerca”.
La verdad es que China se está acercando, como sugiere el artículo de Il Giornale, pero por razones que tienen más que ver con la derecha de Berlusconi que con la “élite liberal” izquierdista.
Ahora bien, con respecto a que yo haya almorzado con un “acompañante desconocido”, ¿debí haber levantado un cartel con su nombre? ¿Por qué se reunió conmigo y tuvo un encuentro similar con Guido Rossi un mes antes? ¿Y por qué en un restaurante chino, como si estuviéramos en una novela de detectives de Dashiell Hammett y no en un auténtico restaurante italiano? Qué bueno que la prensa mantenga su mirada en nosotros, la “elite liberal”.

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